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¡NOSOTRAS ESTAMOS CON VOSOTROS!

Este libro homenajea a las mujeres brigadistas, pero también españolas, antifascistas todas, que trabajaron en el frente y los hospitales para salvar la vida y curar a militares y civiles víctimas de la terrible agresión fascista.

Memoriales BI en España

Monumento a las BBII en Morata

Hemos puesto en marcha un programa de identificación de los monumentos a las Brigadas Internacionales existentes en España, con el objetivo de crear un mapa internacional en colaboración con otras organizaciones brigadistas extranjeras e incorporarlo a la web. Necesitamos la ayuda de quien pueda conocer la existencia de algún monumento, cumplimentando la ficha adjunta.(Pincha aquí).

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Testimonios de la lucha la XIII BI en tierras de Granada

Comisión histórica de la AABI

Completamos el artículo anterior dedicado a la XIII BI en el frente de Granada con unos cuantos testimonios escritos por los mismos voluntarios. El primero es del francés Musharmon, del batallón Henri Vuillemin. El resto son de voluntarios alemanes del batallón Chapaiev. Agradecemos a nuestra amiga Ana Soler, que tradujo del francés el primer escrito y a nuestra compañera Isabel Esteve, que tradujo los testimonios en alemán.


RECUERDOS DE LA 13 BRIGADA

BATALLÓN HENRI VUILLEMIN

T. Musharmon

No me extenderé mucho en lo que fue mi viaje desde París hasta la frontera, pero creo que debo decir algo sobre nuestra estancia en la ciudadela de Figueras. El mismo día de nuestra llegada recibimos a un contingente de voluntarios americanos y tengo que confesar que ver llegar a esos hombres para ayudar a nuestros hermanos españoles, después de haber burlado las argucias de los policías o aduaneros al servicio de los capitalistas internacionales, nos causó una gran alegría a mis camaradas y a mí. En ese contingente americano estaban representadas tres razas: la blanca, la roja (indios) y la negra. He podido comprobar -lo siento por Hitler y compañía- que un proletario es siempre el hermano de un proletario, sea cual sea su país o su raza.

Dicho esto sobre mi primera impresión a mi llegada a España, tengo que destacar, aunque todos la conozcan, la cordialidad de la que fuimos objeto en ruta y el entusiasmo con el que fuimos recibidos, tanto en Valencia como en Barcelona. No es necesario que me extienda sobre este asunto, ya que todos hemos pasado por allí y recibido estas muestras de simpatía.

De mi estancia en Albacete no conservo ningún recuerdo especial, pues solo me interesaba una cosa… salir lo antes posible de refuerzo hacia el frente. Afortunadamente, no se nos hizo esperar mucho y, dos días después de nuestra llegada a la base, es decir el 8 de Febrero, subimos a los camiones con dirección a Utiel para reforzar los efectivos de la XIII Brigada, que acababa de ser duramente diezmada, durante un mes y medio, en los diferentes frentes de Teruel. Tras unos días de estancia en esta pequeña ciudad, el Batallón Henri Vuillemin, como fue llamado el nuestro, fue designado para llevar a cabo una gran misión… La veréis dentro de poco y juzgaréis por vosotros mismos la relevancia que podía tener lo que nos pedía el mando superior.

El 11 de Febrero salimos de Utiel en dirección a Valencia. Esta salida dio lugar a una bella manifestación de simpatía por parte de la población y, durante gran parte de la jornada, mientras esperábamos la salida del tren, hubo numerosas pruebas de la amistad que sienten hacia nosotros los habitantes de este pueblecito... En fin, salimos y después de haber pasado Requena, fuimos saludados por el 8º Batallón alemán de nuestra Brigada [el Chapaiev] que, desde la llanura donde está alineado en una formación impecable, nos rinde honores presentando armas.

En medio de la noche llegamos a Valencia y, tras varios transbordos de material del tren a los camiones, salimos... Apenas habíamos salido de la ciudad llegaron a ella algunos obuses disparados por los barcos rebeldes que bloqueaban el puerto…

Después de tres días de marcha en camiones, llegamos el 15 por la noche a Almería. Las calles de esta ciudad estaban completamente a oscuras, pues ahí también temían los bombardeos, tanto de la aviación como de los barcos rebeldes. Una multitud enorme se agitaba por las arterias de la ciudad: refugiados de Málaga que, huyendo de ese puerto ocupado el 11 de Febrero por las tropas mercenarias italianas, habían conseguido llegar hasta aquí tras recorrer más de 200 Km a pie, a lomos de mula o en camión.

Quedamos acantonados a 8 Km de la ciudad, en un pueblecito llamado Aguadulce, en el que permanecemos tres días, durante los cuales el lamentable desfile continúa sin interrupción. Tengo que señalar aquí la generosa conducta de los camaradas de las Brigadas Internacionales. He visto a compañeros que, a pesar de no tener más que lo estrictamente necesario para alimentarse, entregaban lo poco que poseían a esta pobre gente agotada por el cansancio, con el estómago vacío, las piernas hinchadas por la caminata o bien desolladas por las piedras del camino, algunos incluso heridos. En algún momento, incluso, tuvimos que escondernos para realizar estos gestos de fraternidad, pues, dado el escaso avituallamiento del que disponíamos, la intendencia nos observaba y nos amenazaba incluso con sanciones.

De allí nos alejamos hacia la Sierra con el fin de cortar la carretera a los moros y a las tropas fascistas italianas. Tomamos posición el 20 de febrero, en la parte alta de la Sierra [de Lújar], frente al pueblo de Órgiva, a la orilla del río Guadalfeo. La segunda compañía y la segunda sección de nuestra compañía de ametralladoras van a ocupar posiciones diferentes en las cumbres de la Sierra de Lújar, zona minera entre Motril y Órgiva. Contar lo que fue nuestra vida en ese sector de la Cañada, como se llama nuestra posición, será muy sencillo. Frente a nuestras piezas, alrededor de 1.500 m delante de nosotros, tuvimos que ocuparnos de nidos de ametralladoras ocultas en un fortín muy bien instalado. Los dos o tres primeros días nos obsequiaron con algunas ráfagas pero, como no les respondíamos a causa de la enorme distancia, decidieron dejarnos en paz y la vida transcurrió con toda la tranquilidad posible, aunque con una monotonía desesperante.

Ya sólo tuvimos que temer los bombardeos de una batería enemiga situada detrás del pueblo que de vez en cuando nos envía, sobre todo a la hora de la cena, algo con lo que sazonar nuestra escasa pitanza. En mi puesto tengo que lamentar la pérdida de un camarada, Aubach, herido por metralla. Unos días más tarde, un obús de 105 mm cae en medio de un puesto de ametralladoras, matando a dos compañeros en el acto e hiriendo gravemente a otros tres. Dos de ellos murieron más tarde (uno con las dos piernas amputadas y el otro gravemente herido en la cabeza, los brazos y el pecho).

Sin temer faltar a la verdad, puedo decir que en estas posiciones no fueron los fascistas nuestros enemigos más peligrosos, sino las condiciones atmosféricas y la imposibilidad en que se encontraban nuestros servicios de intendencia para asegurarnos el abastecimiento necesario. Lluvia, nieve, viento, borrascas, todos los elementos parecían haberse aliado con los de enfrente y pasamos días y noches como no recuerdo haber visto otras, teniendo que montar guardia bajo un auténtico diluvio y un viento que cortaba el rostro lo mismo que una navaja. Recuerdo haber estado durante tres días consecutivos con la misma ropa, completamente empapada de agua. En cuanto al acondicionamiento de nuestros refugios, tuvimos muchas dificultades por la naturaleza del suelo, pues en la parte del sector donde estaban nuestras posiciones no había más que piedras y roca. Por más que lo intentamos con el pico y la pala, fue imposible acondicionar refugios suficientemente preparados para protegernos de la lluvia, el viento y el frío.

Además de la composición del terreno, teníamos también en contra a esos señores de enfrente que, cada vez que asomábamos un poco el hocico, no se privaban de gratificarnos con algunas balas que, afortunadamente, no nos causaron ninguna víctima, gracias a la enorme distancia existente entre las dos líneas. Esta situación duró cerca de un mes, es decir hasta el principio de la segunda quincena del mes de marzo. En esa época recibimos la orden de ir a ocupar las posiciones a nuestra derecha que, hasta el momento, habían sido ocupadas por los camaradas españoles del batallón Octubre. En ese momento tuvimos que acercarnos mucho más al Río Guadalfeo, al sudoeste de Órgiva. Fue en estas nuevas posiciones cuando tomé realmente conciencia de lo que mis camaradas llamaban “los paseos por la naturaleza”. Mi puesto estaba situado en un promontorio, en el flanco izquierdo del puesto de mando del batallón: con ocho hombres completamente aislados a 500 m por delante de los primeros puestos de ametralladoras, yo tuve la suerte de poder situar mi pieza sobre una roca que dominaba el barranco a una altura próxima a los 10 m. Con mi Colt bien situada, no tenía más que ocuparme de lo que ocurría enfrente, al otro lado del río.

Por debajo de nuestras posiciones, a menos de 500 m, había algunas casas y eso me dio una idea un poco estrafalaria: ir a ver si no sería posible conseguir algo en ellas. Frente a nosotros había dos o tres casas ocupadas por los fascistas, pero como veíamos al otro lado del río unos rebaños bastante numerosos pastando con toda tranquilidad, fue entonces cuando tuve la idea de ir con dos o tres compañeros a dar una vuelta por ese sector para ver si podíamos conseguir algo. De acuerdo con los camaradas de mi puesto, decidimos acercarnos a las casas a probar suerte.

Desde que estamos en las posiciones empezamos a estar hartos de comer mono. Algunos compañeros habían tenido la misma idea que yo, pero quisieron siempre intentar el asunto durante la noche y cada vez que bajaban eran atacados por los de enfrente. En fin, una tarde en que llovía a cántaros, después de ser asesorado por el teniente que mandaba en ese momento la 1ª Compañía de nuestro batallón, organicé con tres voluntarios una pequeña expedición en pleno día, a las dos de la tarde. Nos deslizamos al fondo del barranco y, tras un recorrido de cerca de una hora, nos encontramos al borde del río, de nuestro lado, naturalmente. Fue entonces cuando la cosa empezó a ponerse seria; teníamos que atravesar cerca de 60 m de terreno y eso a cuerpo descubierto... Frente a nosotros, a menos de 200m, había dos ametralladoras, sin contar con que podría haber hombres de guardia que nos vieran.

Después de haber echado un vistazo sobre la situación de mi pieza y de haberme dado cuenta de que los camaradas nos observaban y al mismo tiempo vigilaban a los de enfrente, salimos a todo correr para cruzar la zona al descubierto... ¡Uf!... Estamos cerca de la primera casa, en un huerto donde los naranjos y los albaricoqueros nos ofrecían sus frutos en todas sus ramas. Sin perder ni un momento, empezamos a llenar las bolsas que habíamos llevado y, mientras uno vigilaba, emprendimos una pequeña visita al interior de las casas abandonadas a fin de comprobar si no habría allí por casualidad algún bruto de los de enfrente que hubiese venido a dar una vuelta por aquí para observar mejor nuestra posición. Acabamos... Echamos un vistazo a la casa de enfrente para comprobar que no había explosivos y volvimos a hacer la misma maniobra que un rato antes, pero en sentido inverso. Es decir, corriendo como conejos perseguidos por perros de caza. El paso por la zona descubierta me causó algo de inquietud pues, justo cuando estábamos a punto de llegar al barranco, oí dos disparos de fusil. Afortunadamente partían de nuestras líneas en dirección a las de enfrente. Una vez protegidos en el barranco por el que habíamos bajado, nos detuvimos para coger aliento; luego empezamos a encaminarnos hacia nuestra casa, pero el camino era difícil, arduo y las bolsas muy pesadas.

Una vez llegados, fuimos recibidos con gran alegría por los compañeros, pues, además de estar preocupados por nosotros, se pusieron contentísimos al vernos sacar de las bolsas naranjas, mandarinas, limones, judías y además ajos, aceite e incluso algunas patatas que habíamos tenido la suerte de afanar en una de las casas visitadas... El éxito de esta expedición me hizo cogerle el gusto por la facilidad con que la había realizado y me permití volver a hacerla con el mismo éxito. Simplemente tengo que decir que una vez aproveché una intensa niebla para acercarme aún más al río y tuve justo el tiempo de agacharme para que no me aniquilaran.

El 29 de marzo por la mañana tuvimos una agradable sorpresa: el agente de enlace del Puesto de Mando del batallón llegó y nos dijo: “Ya vale, chicos, bajáis al descanso... ¡Ah, amigos, qué desbarajuste! Ya nos importaban un bledo los de enfrente. Nadie se preocupa de lo que pueda llegar de allí. Cada cual se afana con sus cosas: prepara el macuto, limpia su arma, pues también va a descansar durante unos días; nos ocupamos también del fusil y de controlar si no queda por ahí tirado material o cartuchos, así como objetos personales que podríamos haber perdido durante el tiempo que estuvimos aquí.

A las 19:30 aproximadamente, llegaron los camaradas españoles que tenían que relevarnos y, como en ese momento me encuentro en el Puesto de Mando del batallón, el camarada Lhez [comandante del batallón Vuillemin] me dice que conduzca a los que iban a relevar a los hombres de mi puesto. Así que tomo el mando del equipo y nos vamos. Cuando casi habíamos llegado a nuestro destino… ¡Bum! Un obús procedente de enfrente cae a apenas unos metros de nosotros... Cuerpo a tierra, amigos… Siguen dos más y, arrojándome otra vez cuerpo a tierra, me cae una piedra en la pantorrilla izquierda. Cuando vuelvo a pensar en aquello, empiezo a preguntarme algo en lo que casi no tuve tiempo de pensar cuando ocurrió: ¿Cómo es posible que, justo en el momento del relevo, una batería enemiga que hasta entonces nos había dejado completamente tranquilos, haya sido capaz de ajustar el tiro con tal precisión? Hasta entonces se habían conformado con disparar a la carretera al paso de los camiones o de las ambulancias y motos...

En fin, una vez acabada esta maniobra, parto con los compañeros hacia el Puesto de Mando del Batallón. Aquí tengo que condenar un hecho muy lamentable que, desgraciadamente, he tenido ocasión de ver repetirse en múltiples ocasiones: me refiero al abandono en la zanja no de bolsas o de ropa, como ocurre habitualmente, sino de fusiles, cartucheras y municiones. En lo que a mí respecta, cuando llegué al camión iba cargado con cuatro fusiles y el camarada Rourre, que mandaba la Compañía de Ametralladoras que avanzaba a mi lado, iba cargado también con tres fusiles.

Desde las posiciones que acabábamos de dejar, llegamos por fin al Puerto. Ahí descansamos un rato y luego seguimos casi 2 km más a pie para unirnos a los autobuses que nos esperaban al borde de la carretera. Perdemos bastante tiempo en acomodarnos y cargar nuestro material; en fin, hacia las 23:00 horas la caravana se pone en marcha. Circulamos lentamente, pero sin incidencias hasta casi las tres de la mañana, momento en el que nuestro autobús, después de algunos fallos del motor, se para...

Estamos ateridos de frío y, para calentarnos, empezamos a agitarnos sin parar, mientras el chófer examina el motor… Al cabo de un rato, se incorpora y nos dice que no lo puede arreglar. ¿Qué hacer? Esperamos cerca de dos horas y, viendo que no venía ningún otro camión, un camarada y yo decidimos ir hasta el pueblo más próximo para ver la posibilidad de telefonear a Almería y que algún camión o autocar pueda sacarnos de allí. Los demás compañeros vienen con nosotros hasta la primera casa que encontramos al borde de la carretera. Ahí tomamos un bocado con lo que tenemos en el morral. Mientras tanto, llega en moto el camarada Baucher, capitán responsable de nuestro convoy. Como no llegábamos, ha decidido venir a ver qué había ocurrido... Tras la explicación, nos promete que vendrán a recogernos durante el día. Mi compañero y yo le expresamos nuestro deseo de bajar a pie hasta Albuñol. No ve ningún inconveniente en ello, así que nos vamos los dos carretera adelante.

Después de tres horas de marcha, llegamos a un pueblecito; aunque en esa época yo no sabía apenas expresarme en español, me lanzo y comienzo a llamar de puerta en puerta: ¿Hay huevos para comer? Encuentro lo que necesito y… aquí estamos sentados, rodeados de todo tipo de atenciones de los campesinos que nos han acogido. Después de haber comido una buena tortilla y bebido una botella de buen vino, como sólo lo hay en esta región, descansamos un poco y pregunto luego cuánto debemos… Esta fue para mí la primera gran sorpresa en España: me resultó completamente imposible que estos camaradas que nos habían alojado y proporcionado comida aceptaran la más pequeña cantidad de dinero… No había nada que hacer… Conociendo un poco la mentalidad del pueblo español, no insistí, pues esta buena gente, cuando les dábamos las gracias, nos contestaban: “De nada”. Reconfortados por esta comida, reemprendimos alegremente el camino y aceleramos el paso en dirección a Albuñol.

Como habíamos estado bastante tiempo en casa de esa buena gente, por la noche tuvimos que buscar un lugar donde dormir, en un pueblo llamado Albondón. Aquí se volvió a repetir lo mismo que en el pueblo por donde habíamos pasado antes; otra vez tuve que recorrer las calles del pueblo para preguntar dónde podríamos encontrar algo de comida. Pasado un tiempo sin resultado, empezamos a perder la paciencia. Ya había recorrido todas las calles del pueblo y, sin esperanza de encontrar lo que buscaba, sentado en el borde de la acera, pasó a nuestro lado una mujer y nos preguntó qué hacíamos ahí y si deseábamos algo; cuando le dije que lo primero que quería era comer algo, esta camarada me dijo: “Si quiere cenar, venga conmigo”. Menos mal que yo sabía algo de español para entender que eso quería decir “Si quieres cenar, ven conmigo”. ¡Así que seguimos a esta camarada!

Cuando llegamos a su casa, nos instaló cerca de una bonita mesa y nos pidió que esperáramos un poco porque no tenía nada preparado. Mientras atendía a sus ocupaciones llegaron dos parientas suyas y también su marido y su cuñado. En ese momento fui sometido a una dura prueba, dado mi escaso conocimiento de la lengua española. Tuve que poner a prueba toda mi capacidad de atención para responder a todas las preguntas que me hacían uno tras otro. A pesar de todo, conseguí salir adelante de forma bastante honrosa, teniendo mucho cuidado de no decir ni una palabra sobre lo que ocurría en el frente, pues ahí, como en muchos lugares, hay que tener cuidado con lo que se cuenta. Comimos todo lo bien que pudimos con lo que esta buena gente nos ofreció y luego fuimos a dar una vuelta a la carretera para ver si venía algún camión a recogernos. Como no se veía ninguno, volvimos a casa de la familia que nos había dado de comer y les preguntamos si podíamos quedarnos a pasar la noche. En efecto, nos prepararon una habitación y una buena cama con sábanas muy limpias; es la primera vez desde que estoy en España que duermo con sábanas. Al día siguiente tuvo que venir nuestra anfitriona a llamar a la puerta para despertarnos pues, dado el cansancio de la marcha que hicimos la víspera, dormíamos todavía como lirones a las 8 de la mañana.

Después de tomar un café, nos situamos de nuevo en la carretera para esperar nuestro autobús. Llega al fin hacia las 10h, pero no hay nadie dentro. Le comento mi extrañeza al conductor; éste me contesta que durante la noche llegó un camión y se los llevó.

Salimos por fin, una vez más, y durante la ruta nos detenemos en Adra para la comida del mediodía. Llegamos a Almería hacia las 3 de la tarde. Allí nos espera otra decepción: el batallón con el que esperábamos reunirnos no se ha detenido y ha salido de inmediato en dirección desconocida; al menos eso es lo que me respondieron en el Estado Mayor donde fui a presentarme en cuanto llegué. “Diríjanse mañana por la mañana, a las 6h, a la estación, un tren saldrá hacia su Brigada, no tienen más que cogerlo”. En efecto, el 1 de abril por la mañana encontramos en la estación donde nos habíamos dirigido a todos los Servicios de Intendencia de la XIII Brigada y, hacia las 8h, salimos hacia una dirección “desconocida”.

El término empieza a parecerme normal a fuerza de oírlo desde hace 2 o 3 días… Circulamos con mucha dificultad durante todo el día, remolcados por una locomotora asmática a la que también le falta carburante. A las 11 de la noche nos detenemos en Marmolejo [Jaén, cerca de Andújar]. Nos quedamos allí, pues el tren ha llegado a su término. Empezamos por fin a comprender cuál es el descanso que nos habían prometido. Permanecemos allí un día y medio, pues los camiones que nos tienen que llevar a la Brigada no llegan… Al final llegan y de nuevo salimos el 2 de abril para unirnos a la Brigada. Llegamos a Dos Torres hacia las 4 de la tarde. Estamos a más de 60 Km al norte de Córdoba. Llegamos justo a tiempo de entrar en combate, esa misma noche.


TESTIMONIOS DE VOLUNTARIOS ALEMANES DEL BATALLÓN CHAPAIEV

FRENTE DE GRANADA

Ewald Munschke

El 11 de febrero de 1937 supimos que Málaga había caído en manos de los fascistas. El batallón fue llevado a Valencia y desde allí se dirigió en autobuses hacia el sur. Estábamos preocupados pues ahora aún sería más fácil para Franco conseguir refuerzos de Marruecos. Pero también sabíamos que Málaga no es toda España. En un viaje ininterrumpido pasamos por Alicante y Murcia hacía nuestra meta, pero ante Almería tuvimos que detenernos. Los fascistas cubrían con las bombas de sus Heinkels y Messerschmits, la ciudad de Almería, poco valiosa estratégicamente. Tras pasar algunas horas detenidos seguimos el viaje a través de la ciudad destruida, pasando entre las ruinas de las casas y los cráteres de las bombas, entre las miles de personas, sobre todo madres y niños, que permanecían junto a sus pocas pertenencias salvadas o buscaban aún entre las ruinas a sus familiares.

El viaje siguió hacia Málaga por la carretera llana que se extiende por la costa. Tuvimos de nuevo que frenar el rápido viaje y seguir a marcha lenta. Hasta donde alcanzaba nuestra vista la carretera estaba llena de gente. Un torrente de personas: hombres, mujeres, niños, viejos y jóvenes, destrozados, descalzos o con zapatos destrozados, con hambre y terror en los ojos, todos huyendo de Málaga: una horrible visión. Muchos estaban tumbados al lado del camino, en masa, por miles, muertos o heridos, agotados por el hambre y el miedo. Los fascistas habían ametrallado y bombardeado con sus aviones a esta masa de fugitivos.

En mi opinión aún hubo otra cosa que contribuyó a que este enorme torrente creciera tanto.La resistencia contra la traición de Málaga fue desorganizada sistemáticamente por anarquistas y otros elementos. Y a nosotros nos contaron habitantes de la costa, que ellos, hombres, mujeres y niños, fueron sacados violentamente de sus casas con las armas y obligados a agregarse a la corriente de fugitivos. Una parte huyó hacia las montañas. Así se creó entre la gente un ambiente de pánico irresponsable, pernicioso y traidor, y así se vino abajo cualquier conciencia de la propia fuerza.

¿Y nosotros? Con las banderas al viento pasamos por delante de este torrente de fugitivos, dándoles fuerza y confianza con nuestra presencia, con nuestros cantos de combate, con nuestra voluntad de detener al enemigo, de machacar al contrario y de liberar de nuevo la patria de esta basura fascista. Muchos de estos fugitivos recuperaron su ánimo y así pudimos recoger a más de doscientos españoles como combatientes en nuestro batallón. Otros dejaron de retroceder, se dieron la vuelta y regresaron a sus aldeas. Cuando entramos en Castell de Ferro la aldea había sido abandonada por todos sus habitantes. Nuestros camaradas me trajeron un cartel que estaba clavado en la puerta de una casa y que llevaba el siguiente texto:

Servicio de reocupación de la provincia de Málaga

Falange Española de las JONS

Soldados del ejército de Regulares y de la Legión extranjera ¡La entrada a esta casa está prohibida, pertenece al jefe de la policía local, capital don Anastasio Soriano ¡El que no respete esta orden será castigado según el código militar!

¡Arriba España!

El Jefe Provincial

El cartel que me trajeron los compañeros era un documento del ejército fascista. Un testimonio de cómo los fascistas habían construido su quinta columna y habían infiltrado sus agentes en medio del corazón de la España republicana, mientras que Largo Caballero no había tomado ninguna medida para apartar a tales agentes de las funciones directivas del Estado.

Entretanto llegó el batallón francés y pensamos que íbamos a ir juntos a reforzar el frente sur y a consolidarlo de nuevo. Pero al final sucedió de otra manera. Fuimos sustituidos por la 6ª Brigada de la costa, formada por trabajadores españoles; ellos ocuparon las posiciones asignadas a nosotros en el Castell de Ferro.

A nosotros se nos asignaron nuevas misiones: teníamos que reforzar nuestras posiciones en el valle alto de Trévelez para liberar a un gran grupo de ochocientos antifascistas armados de Málaga, cercados en las montañas de Sierra Nevada. Cuando pienso en la Sierra Nevada y en el alto valle de Trévelez, me acuerdo de un suceso que le pasó a nuestro batallón y que creo que fue único en la guerra nacional revolucionaria de España.

El comandante Otto Brunner y yo queríamos reconocer el terreno de nuestra próxima operación y fuimos por delante del convoy con un coche a la aldea de Juviles, puesto de mando de la Columna Romero. Los camaradas españoles nos aseguraron que los chóferes de los camiones conocían el camino a Juviles, así que nos adelantamos y le pasamos la dirección del convoy al ayudante Lackner.Una vez en Juviles esperamos durante horas en vano la llegada de los treinta y cinco vehículos. Finalmente, cuando ya era de noche, llegaron. ¿Qué había pasado? ¿Por qué este retraso? El ayudante informó que los chóferes se habían confundido y la cabeza del convoy de pronto fue a dar con un capitán, que les comunicó que no se esperaba esta tropa. Sólo entonces nuestros camaradas se dieron cuenta de que habían ido a dar con un puesto avanzado fascista. Como los uniformes eran casi iguales, fue posible perderse de vista otra vez sin chocar. Todo el convoy dio la vuelta y todos respiraron de haber salido con bien de este caso. El convoy había ido a parar al fondo del valle y alrededor, en las alturas, se encontraban las posiciones fascistas.

Las operaciones militares empezaron en 20 de febrero de 1937 y el 24 de febrero atacamos junto con el Batallón “Otumba” las alturas de Pitres.Habíamos conseguido no sólo la conquista de un territorio de setenta quilómetros cuadrados y siete aldeas, sino también la liberación de los ochocientos antifascistas de Málaga que estaban cercados. Este fue nuestro mejor premio. Las provisiones de comida, tabaco y cigarrillos nos permitieron ayudar con un envío a nuestros camaradas franceses que se encontraban en una posición difícil.En una carta firmada por su comisario político Raymond Francois nos lo agradecían y nos garantizaban su solidario apoyo.

El 11 de febrero de 1937 la dirección del Partido Comunista publicó un comunicado en el que se decía que “Es urgente convertir las milicias en un ejército regular pues si no se toman las medidas adecuadas los sucesos de Málaga pueden repetirse en otros lugares”.

El 27 de marzo el Batallón recibió orden de relevo con la finalidad de ir a Pozoblanco para cortar el avance de los fascistas hacia Almadén. Nuestra misión era avanzar desde Mármol hacia el sudoeste, tomar Valsequillo y hacer retroceder al enemigo de nuevo hacia La Granjuela.


Hans Schaul

El periódico del Batallón

Me quedé sorprendido cuando Ewald (Fisher) me dijo que yo era desde ese momento redactor del periódico del Batallón. Fue en enero de 1937, entre Alfambra y Teruel, en una de las casas blancas que eran siempre nuestros puntos de orientación en el paisaje español. En ésta se alojaba ahora el Estado Mayor de nuestro Batallón Tschapaiev y Ewald era su comisario político.

Tuvo que darse cuenta de que me costaba tragar la nueva tarea. ¿Ahora tendría que andar con papel, máquina de escribir y trastos de escritorio? Me había imaginado mi vida como brigadista de muy otra manera. Aquí convivía con un equipo de combatientes, con trabajadores, antifascistas, comunistas, tenía un fusil y delante de nosotros estaba el enemigo.

Pero también estaba claro que necesitábamos un periódico del batallón. Con periódicos murales, asambleas y repeticiones de las noticias oídas en la radio no se iba muy lejos en el destrozado frente entre el monte de Santa Bárbara y el cementerio de Teruel. Los primeros días de combate trajeron nuevos problemas., nuevos puntos de vista y amargas experiencias. El convencimiento político era importante, decisivo, aunque, naturalmente, no podía sustituir a la ciencia militar, a la organización, ni a la disciplina. Nuestra formación era deficiente, nuestras primeras armas una colección abigarrada de distintos calibres y tipos: españolas, francesas, alemanas, inglesas… y no digamos nada de las ametralladoras y los vehículos. Había problemas y discusiones. Ciertamente eran dificultades propias de todo inicio, ¿pero podía eso ofrecer consuelo cuando se veían las muchas víctimas que costaba superarlas? Y eso, además, en un batallón formado por veintiuna diferentes nacionalidades. Muchas veces en el mismo pelotón ni siquiera se entendían en la misma lengua… Problemas había cada día, pequeños y grandes, y un periódico tal vez podía ayudar a resolverlos.

Pero… ¿por qué demonios tenía que ser yo el redactor? “Tú entiendes español y francés, sabes escribir y estás versado en mecanografía y en taquigrafía”, argumentaba Ewald… Sea como fuere me convertí en redactor y cuando en la actualidad nos encontramos, cosa que ocurre con cierta frecuencia, le gusta decir: “Fuiste un redactor como de primera”.

Las palabras “redacción” o “composición” no venían al caso al hablar del periódico. Teníamos claro que nuestro periódico “El combatiente antifascista”, más tarde llamado sólo “Tschapaiev”, tenía que ser escrito por y para los soldados de nuestro batallón.Esto le daba su inmediatez y su frescura. Naturalmente recibíamos también otros periódicos, españoles y alemanes, entre ellos “El Voluntario de la libertad” que publicaba el Comisariado de guerra de las brigadas en varias lenguas. Pero llegaban tarde a nuestros frentes, alejados del centro donde la rápida información era munición mental, casi tan importante como los proyectiles y las granadas.

¿Quiénes eran los autores? Estaban en las trincheras del cementerio de Teruel, en los nidos rocosos de la Sierra Nevada y bajo los olivos de Peñarroya; se sentaban y escribían lo que les alegraba y lo que les angustiaba. ¿Por qué teníamos siempre pérdidas, por qué aún no habíamos aprendido a atrincherarnos? “La pala es como el fusil”, era el título de un artículo.¿Por qué esta noche hemos desperdiciado estúpidamente 15.000 disparos de ametralladora sólo porque un puesto de guardia avanzado ha confundido un árbol que se movía con un moro? ¡Qué alegría si podíamos informar de los éxitos en el combate y en la formación, de nuestras buenas relaciones con la población española o de las cartas que nos enviaban saludos solidarios de la patria! ¡Qué satisfacción poder anunciar que nuestro batallón ahora estaba armado unificadamente con fusiles y con un gran número de Maxims soviéticas! ¡Qué tristeza si había que informar de la muerte de nuestros camaradas…!

Pero sobre todo era nuestro deseo la formación de un “ejército regular” bajo mando y disciplina únicos. En los alejados frentes de Teruel, Málaga, en la Sierra Nevada y en el frente de Córdoba percibíamos cada día y más claramente que nuestras brigadas que se encontraban en el frente central junto a Madrid, el peligro que suponía para nuestra lucha la fragmentación de las unidades militares y del mando, propias de un sistema militar no superado hasta mediados de 1937. Encontrábamos unidades que no se sentían como parte del ejército español sino como órganos de éste o aquel sindicato, de ésta o aquella región. En ellas había también magníficos combatientes, estupendos camaradas, pero también muchas actitudes poco claras, mucha diversión anarquista. Nunca olvidaré cómo en el puerto de Valencia militantes de la UGT y de la CNT se enzarzaron en una pelea por la descarga de un barco soviético y los unos se fueron con las cajas de las granadas y los otros con las de los detonantes. Había muchas cosas que nos parecían típicamente “españolas” y que necesitábamos conocer, aclarar y superar. Nuestro periódico ayudaba a todo esto.

Disponíamos entre nuestros autores de mucha gente importante: estaba con nosotros Hans Marchwitza, el diputado socialdemócrata Erich Kuttner, uno de los pocos jefes del SPD que se vio en España luchando activamente. Con él había venido Egon Erwin Kisch, aunque su aportación me la birló Hans Maas para el periódico de su propia compañía. El Tschapajev la “imprimió” después.

Las comillas que he puesto eran necesarias, pues de “imprimir” no había ni que hablar. Una máquina de escribir Continental torcida y una multicopista prehistórica formaban todo nuestro inventario. Nuestro periódico consistía en entre dos y cuatro páginas de papel-cera grabadas sin tener mucha idea por los artistas del periódico… Más tarde se ocupó el muy dotado Hans Quack? Quaeck? de las ilustraciones y la presentación…Había también una edición para la compañía polaca de la cual era responsable Mietek Schleyes.

Y después apareció durante las semanas de Sierra Nevada otro colaborador importante de la redacción, un viejísimo mulo de largas patas con el pelo gris e instinto de montañero. En esas alturas los trasportes del batallón se hacían sobre mulas, caballos y asnos. Ellos llevaban hombres, sacos de arena, comida y munición (también ideológica como se deduce por mi ejemplo) hasta las posiciones que se hallaban en un gran arco montañoso en torno a la aldea más alta de España, Trévelez.

Siete ricas aldeas se asentaban es este arco. Sobre estas alturas estábamos bien situados, en el ala izquierda a 3.200 metros de altura, en la derecha a 1.800, para cortarles el camino hacia la costa a los moros y a los requetés a través del profundo valle que se abría entre las montañas nevadas. Entre las posiciones había valles, arroyos de montaña y caminos apenas reconocibles cubiertos por las piedras que de vez en cuando caían. Sólo los tiroleses de nuestra compañía se encontraban a sus anchas en ese mundo elemental de altas montañas.

En estas circunstancias tanto más importante pero también tanto más difícil era nuestro periódico y el trabajo político. El aparato de radio estaba en Juviles, así que sólo allí se podían oír las noticias. Pero Juviles estaba al otro lado del río Trévelez, al otro lado de un valle de más de 1500 metros de profundidad.

Un día de trabajo en la elaboración del periódico transcurría más o menos así: un poco antes de la salida del sol ya estábamos en Juviles con los periódicos recién hechos la tarde anterior a lomos de la recién levantada mula. El camino hasta Pórtugos duraba, arriba y abajo, entre tres y cuatro horas. En el Estado Mayor una corta charla con Ewald si es que estaba, ya que la mayoría de las veces estaba delante, en las posiciones avanzadas, y me dejaba escritas sus informaciones. Después otra vez adelante, de nuevo montaña arriba a uno de los nidos de rocas. Los camaradas contaban y escribían lo que les parecía importante para un periódico. Yo esperaba dos horas, en la nieve y bajo el sol, su manuscrito y emprendía mi regreso, pasando de nuevo por el Estado Mayor y rápidamente valle arriba y valle abajo siempre acunado por el paso de mi mula que determinaba la lentitud del tiempo buscando precavidamente dónde poner las patas con seguridad entre las peligrosas piedras.. Mis intentos de acelerarla le sonaban evidentemente poco españoles y poco convincentes hasta que nos acercábamos a la entrada de Juviles, donde la mula olía ya el establo y emprendía un galope temerario.

Precisamente ahora habría querido echar una mirada hacia la derecha, hacia el mar que resplandecía al fondo en la puesta de sol azul y violeta, por entre los valles… Allá abajo corría la carretera Málaga-Almería que habíamos cerrado ante Motril después de la caída de Málaga.La carretera se estrechaba entre montañas abruptas y coronadas de nieve y el mar.Nunca había visto un paisaje más hermoso ni tampoco más miseria.

Allá abajo se vislumbraban las aldeas de Calahonda, Aguadulce, Castell de Ferro…que eran tierra de nadie cuando las ocupamos. Hoy ciudadanos alemanes de la República Federal se construyen en esta Costa del Sol sus lujosos bungalows.¿Quién de ellos conoce qué necesidad, qué barbarie, qué heroísmo y qué humanidad reinaba antiguamente en estos paisajes?

Estando en Aguadulce hacía apenas 10 días, cuando fuimos a las montañas, el general de nuestra brigada, inclinado en bañador sobre una mesa llena de mapas en una terraza que daba al mar, dijo, acentuando mucho cada sílaba: “Di al Otto y al Ewald que si hoy por la noche esto no funciona allá arriba, nos vamos a tener que ir todos definitivamente a tomar el baño”.Bien lo sabíamos,de todos modos. Si no asegurábamos los flancos de las montañas de nuestra línea de costa de más de cien quilómetros, avanzarían los moros y los requetés de Queipo del Llano por los valles de las montañas y caeríamos en la trampa. Este peligro lo eliminamos cuando avanzamos por la noche por el valle de Trevélez y destrozamos las posiciones de salida fascistas.

Habría estado reflexionando sobre todas estas cosas si, ante mi impotencia, el entusiasta galope de la mula ante el pienso no me hubiese robado el aliento y el pensamiento. Un poco antes de la puerta del establo me dejó bajar.

Al llegar empezaba mi propio trabajo: oír las noticias de la radio, redactarlas y redactar los artículos recogidos durante el día, teclearlo todo sobre las hojas de papel-cera e imprimirlo con la multicopista. Antes de que estuviese todo hecho era medianoche y tiempo de dormir tres o cuatro horas, hasta volver a empezar con el nuevo día. Y así cada día, con una única excepción.

Debió ser a principios de marzo cuando Ewald me dijo: “Esta tarde te quedas aquí, tenemos asamblea del partido”. Nos sentamos en la habitación de paredes blancas y techo bajo de una casa del pueblo en medio del agrio humo del tabaco español, bebimos el empalagoso vino de Málaga. De lo que se tenía que hablar no me acuerdo ya hoy.

Para mí sólo hubo ese día un punto en el orden del día: mi admisión en el partido. Esa noche dormí en Pórtugos, en una ancha cama de campesino. En la pared colgaban aperos de caballerías, trenzas de cabezas de ajo y jamones. Además se añadía el olor de mi tabaco español. Bajo mi cabeza tenía el carnet que Ewald me había entregado. En él se confirmaba al hasta ahora sólo simpatizante sin partido, antes abogado en Berlín, que ya era miembro del Partido Comunista de España: de profesión, militar; unidad: XIII Brigada Internacional; lugar: el frente andaluz; fecha: marzo de 1937.


Rudolf Engel

(Rudolf Engel, nacido en Berlín en 1903, entró en el Partido Comunista en 1929. Hasta entonces, aunque tenía amigos comunistas, confiesa no tener del todo claras sus ideas, ya que, aunque venía de una familia humilde y votante del Partido Socialdemócrata, su educación estuvo impregnada “como la de tantos trabajadores alemanes, de aspiraciones pequeñoburguesas a la seguridad y a un futuro mejor que sólo se podía imaginar en el marco de la sociedad existente”.)


Viajamos hacia el sur y cuando dejamos la plana meseta a nuestras espaldas llegamos a un valle en el que un pequeño río hace la tierra muy productiva. En medio del verde hay pequeñas ciudades, aldeas y caseríos, naranjas, limones, higos, olivos…, en las colinas bajas se extienden grandes superficie de viñedos… Después el valle se ensancha y llegamos a Murcia. En las calles vimos las primeras palmeras. El coche se paró ante un edificio de varios pisos sin ninguna ventana a la calle. Era un antiguo convento que había sido habilitado como hospital a disposición de las Brigadas.

Un médico alemán que ya llevaba cinco meses en España y que venía de la emigración en Francia, nos contó que algunas de las antiguas monjas trabajaban como cuidadoras en el hospital. Esto no era ningún caso excepcional, en los hospitales españoles e incluso en los hospitales militares muchas monjas que procedían de familias pobres, se había puesto voluntariamente a disposición de la República…

Después de la comida… viajamos con un camión ligero en dirección al Estado Mayor de la XIII Brigada. La mayor parte del viaje fuimos por una buena carretera que conducía directamente al mar Mediterráneo… Pasamos la ciudad portuaria de Almería, salimos de la carretera de la costa y tras unos treinta quilómetros llegamos a Agua Dulce, una pequeña villa en la que estaba el Estado Mayor de la XIII Brigada con sus diferentes servicios: hospital, armería, depósitos de suministros etc…

Todo parecía inesperadamente pacífico. Lo primero que supe por un simpático joven teniente, es que el general no estaba. Nos llevó ante jefe del Estado Mayor, general Schindler. Después de haber comprobado nuestros papeles, éste nos dio cordialmente la bienvenida y nos envió al jefe de los servicios sanitarios, Dr. Jensen, el cual enseguida acogió al Dr. B. Al camarada austriaco y a mí nos dijo que hoy no podíamos ir al Batallón Tchsapajev que estaba en las montañas. Nos mostró dos camas en una casa cercana y nos invitó a cenar. El camarada Schindler era muy serio y seguro de sí, pero también cordial, nos llamaba “camarada teniente”. Como teníamos que presentarnos a él para la cena, en 20 minutos nos tuvimos que apresurar con el afeitado,el lavado y el cambio de camisa…

Me había imaginado de otra manera la estancia en el frente. No se oía ni un tiro, por todas partes cuidados jardines, árboles y arbustos llenos de flores, tampoco de las montañas más altas de España se vislumbraba nada. De no haber sido porque los centinelas llevaban algún fusil, uno se hubiese figurado estar de agradable veraneo… Nos sentamos en una mesa bien servida. Además del jefe del Estado Mayor estaba allí el capitán Dr. Braun, un antiguo abogado suplente del jefe del Estado Mayor y de las operaciones, que casi no habló. Fue todo muy correcto. La comida fue buena y el vino también. Schindler mencionó que la situación era insatisfactoria.Los batallones, después de haber alcanzado las posiciones previstas, haber parado el avance de los fascistas desde Málaga en dirección a Almería y haberlos hecho retroceder, habían sido subordinados militarmente al frente sur. Por eso el general había ido al Ministerio de Guerra instalado en Valencia, para aclarar las cosas. Para los batallones era imposible avanzar en dirección Málaga o en dirección Granada porque eran demasiado débiles y las posiciones conseguidas también podían ser mantenidas por las unidades españolas.

En enero, durante su intervención en Teruel, la XIII Brigada había sufrido grandes pérdidas, había sido después enviada a Valencia para su reorganización, escasamente reforzada y enviada hacia aquí a toda velocidad para crear un frente estable. Era una suerte que algunos cientos de jóvenes españoles de los que huían de Málaga se nos hubiesen juntado como voluntarios, de lo contrario no hubiésemos estado en condiciones de mantener un frente tan amplio y complicado. No eran precisamente soldados, su formación la adquirieron por primera vez aquí después de haber llegado al frente, pero cumplían bien todos los servicios de la retaguardia y gracias a ellos habían quedado libres todos los soldados utilizables. El camarada Schindler nos mostró sobre un mapa la situación del frente: delante de Motril, en la costa, la marcha de las tropas de Franco había quedado detenida y desde la costa hasta Órjiva el batallón francés “Henri Vuillemin” mantenía el frente. Desde allí hasta el Mulhacén, que tiene más de 3.400 metros de altura, cerraba la Sierra Nevada el batallón Tschapaiev. Así frenábamos todo intento de avanzar por detrás de nuestras espaldas hacia el mar y de separarnos del territorio que teníamos detrás.

“¿Dónde está el Estado Mayor del Tschapaiev?”, pregunté yo. El camarada Schindler me señaló un minúsculo punto debajo de la cumbre del Mulhacén. “Aquí, en Pitres, a unos 2.500 metros de altura”. El Dr. Jensen que había observado mi cara preocupada, dijo riendo: ”He estado allí arriba, es una aldea bastante grande y bastante rica; un poco fría por la noche, 10 o 12 grados bajo cero, pero se vive muy bien allí”.

Estábamos cansados, el día había sido largo y al día siguiente a las 6 nos debía llevar un coche hasta Ugíjar, el final de la carretera, desde allí teníamos que ir por un camino de mulas cinco o seis horas a pie hasta Pitres. El capitán Braun nos dio instrucciones para despertarnos a las 5,30 para desayunar y prepararnos…

Las carreteras de la montaña que el vehículo tenía que superar eran muy malas y necesitamos dos horas para hacer 30 quilómetros desde Agua Dulce hasta Ugíjar. Pero después de esta pequeña localidad de montaña, ya sólo había un estrecho camino que iba ascendiendo desde el valle hacia las alturas. El conductor nos dio instrucciones de no abandonar el camino y de apartarnos en el lado de la montaña si nos encontrábamos con una caravana de mulos: era lo más seguro…

Para empezar nos quedamos sin saber qué hacer con nuestro equipaje. La mochila con ropa interior, calcetines, útiles de aseo, jerséis y otras cosas necesarias debía además contener 100 cartuchos que se nos habían entregado como valiosa reserva. Era la munición para los fusiles mejicanos que habíamos recibido. Eran fusiles muy largos, con bayoneta, pero tenían, desgraciadamente unas correas muy estrechas que apretaban mucho. Yo había metido también en la mochila un par de medias botas porque no confiaba mucho en mis sensibles piernas, además de un par de polainas. La bolsa del pan estaba llena con pan, jamón y dos latas de sardinas en aceite, la cantimplora llena de vino aligerado con agua, además, en su funda, la pistola Walter que me había conseguido el camarada Fernando, con cinco cargadores. Se la había quitado a un borracho que en Albacete había andado jugando con ella.En el Estado Mayor nos habían dado un abrigo militar y mantas, que eran maravillosamente gordas y pesadas y que llegaban casi hasta el suelo. “Allá arriba” serían necesarias, se nos dijo. Pero aquí aún hacía calor y el sudor nos chorreaba antes incluso de que hubiésemos empezado a dar un paso. Mi camarada austriaco, que tenía aspecto de fuerte, estaba seguro de que no llegaríamos vivos a la meta.

El camino era como de un metro de ancho. Por un lado el valle hacia abajo, por el otro la montaña hacía arriba. Al principio íbamos por la sombra y subíamos bien, la cuesta era soportable. Pero después el camino seguía bajo el sol y se iba haciendo más y más empinado y tras una hora larga estábamos absolutamente exhaustos. Nuestros uniformes y mantas chorrearan sudor. Al pie de una roca que daba un poco de sombra nos paramos… comimos y nos echamos a dormir con las chaquetas del uniforme como almohadas…

Nos despertaron voces y el ruido de cascos de caballerías. Por delante de nuestra roca pasaba una columna de mulas cargadas que iba valle abajo, debían ser por lo menos treinta animales. Sobre la última iba un muchachito de doce o trece años que nos saludó amistosamente. Miré la hora, eran las 12. Con mala conciencia por el tiempo perdido volvimos a empaquetar nuestras cosas, pero no nos pusimos más los abrigos;los enrollamos y los atamos encima de la mochila. El fusil bajo el brazo y otra vez arriba… El camino parecía no tener final… de vez en cuando relucía una cumbre cubierta de nieve y hielo entre las montañas que debía ser el Mulhacén, parecía inalcanzable... Teníamos que llegar al Estado Mayor antes de que oscureciera y empezaba a hacer frío si seguíamos en el lado de la sombra…

Tras tres horas paramos un par de minutos… A las 5 desapareció el sol tras las montañas y el tiempo se volvió frio y ventoso y las manos se nos empezaron a enfriar. Tras otra hora apareció por sorpresa un largo valle ante nosotros en el que se veían casas y una iglesia, estrechamente apretadas unas junto a otras. Debía ser Pitres. Aun caminamos una buena media hora hasta que encontramos a un centinela que nos mandó detenernos. Como no nos podíamos entender hablando, llamó por un teléfono de campaña al Estado Mayor y tras un cuarto de hora vinieron a recogernos… La noche caía cuando entramos en una casa de campo ancha y baja. Habíamos llegado al Estado Mayor del Batallón Tschapaiev.

La habitación era baja pero bastante grande, en la medida en que se podía ver a la luz del fuego de la chimenea. Un hombre de media altura, ancho de hombros, vestido con camisa y pantalón se nos acercó y nos preguntó qué queríamos. Le dimos nuestros papeles y le dijimos que habíamos sido enviados al Batallón.

– “Acercaros al fuego para que pueda ver quién sois, nos dijo con el más puro acento berlinés, yo soy el comisario político y me llamo Ewald”.

Dejamos nuestras cosas, un centinela nos había cogido los fusiles, y bebimos un vaso de vino mientras el compañero Ewald, evidentemente corto de vista, estudiaba nuestros papeles junto al fuego.

– “¡Hombre!, dijo Ewald, tú eres berlinés, pero ¿nacido o educado en Berlín?”

– “Nacido en Berlín, le contesté, en Friedrichshain”.

– “No pasa nada, contestó Ewald, todos no pueden ser de Wedding”.

Después dio órdenes de habilitarnos en la casa de al lado un sitio para dormir. El comandante Otto Brunner estaba aún de viaje con su ayudante, y debíamos presentarnos inmediatamente si Otto regresaba y quería hablar con nosotros mientras cenábamos. En la semioscuridad nos dieron la mano algunos camaradas y el sargento del Estado Mayor Trautzsch nos mostró nuestro lugar para dormir. Había sacos de paja y mantas; hubiésemos preferido echarnos a dormir inmediatamente… pero estaba claro que teníamos que estar presentes si el comandante volvía.

Ewald, el comisario, nos acercó un banco a la chimenea y estuvo preguntándonos. Toni había participado activamente en las luchas de Viena en 1934, había estado primero en Suiza y después en Francia y llevaba ya algunos meses en España… Toni había trabajado hasta ese momento en Valencia por encargo de su Partido y ahora debía encuadrarse en el Batallón Tschapaiev, en la Compañía de Ametralladoras de los de su país… Oímos ruido de cascos de caballos delante de la puerta. El comandante llegaba. Se dispusieron dos lámparas de petróleo, se limpió la mesa, se trajeron copas y una jarra de vino. Se notaba que el jefe tenía su Batallón en forma.

Ya a primera vista el comandante era un tipo imponente. Ancho de hombros, fuerte, una cara enérgica de rasgos firmes, ojos vigilantes… Nos miró desconfiado:

– “¿De dónde sois vosotros?”

Me cuadré, le dije mi nombre y le di los papeles firmados y cuñados por el jefe del Estado Mayor Schindler, y lo mismo hizo Toni. El comandante arrugó la frente

– “¿Tenientes, oficiales? ¡No necesitamos ninguno, lo que necesitamos son soldados!, además nosotros escogemos a nuestros oficiales de entre los soldados de nuestro Batallón”, con esas palabras nos devolvió los papeles.

Yo no los cogí y le dije que eran para él, no para nosotros. Me miró un momento perplejo, le dio los papeles a su ayudante y se fue a la habitación de al lado…

– “Otto es al principio siempre un poco brusco”, nos dijo riendo Ewald, el comisario.

– “¿Cenamos ahora?, estamos hambrientos como lobos, ya hablaremos más mañana”.

En algún sitio se golpeó algo de metal y aparecieron algunos camaradas: Hans Schaul, el redactor del periódico del Batallón, el camarada Wallmann que se encargaba, como él dijo, del “cuarto de los escritos”, el camarada Teichmann que era responsable de los asuntos del personal, y otros dos o tres más… y el cocinero, un suizo con un perol de guisado de carne y unos panes frescos y redondos… Al poco rato apareció Otto Brunner, tomó una escudilla y una copa de vino, miró un momento con desconfianza a nuestro rincón al lado de la chimenea, se nos acercó y se sentó junto a nosotros. Comimos en silencio…. Ewald preguntó cómo les iba a los compañeros húngaros que debían ser sustituidos.

– “Allá arriba están entre el hielo y la nieve, a más de 3.000 metros de altura, pero no quieren de ninguna manera ser relevados. El puesto debe permanecer ocupado, dicen , ¿por qué no nos vamos a quedar nosotros mismos?”.

Ewald pensaba que eran todos viejos camaradas que ya en 1919, en la época de Bela Kun, habían tenido que vérselas con la reacción… pero que su millonario en dólares les estaba poniendo nerviosos. Nos aclararon que el jefe del grupo de los once camaradas húngaros hacía poco tiempo que había recibido la noticia de que había heredado millones de dólares de un tío suyo que había emigrado a América muchos años antes, pero que a pesar de la herencia se negaba a abandonar el frente para recogerla. No había ido a España porque no tuviese dinero, sino porque quería luchar contra el fascismo. Tozudo como un muro de cemento, rechazaba todas las ofertas.

– “Es cosa suya, dijo Ewald, y cuanto más le digamos, más tozudo se pondrá”.

El comandante le dijo al sargento del Estado Mayor que al día siguiente, después del desayuno, llevase al compañero Toni a la Compañía de Ametralladoras y que le dijese al capitán Bauer que él mismo decidiese dónde y cómo tenía que ser yo empleado en su Compañía…

El frente estaba tranquilo. Pregunté si siempre era así. Otto se rió

– “De vez en cuando los moros disparan un par de tiros, pero mantenemos la tranquilidad por la noche y ahorramos munición. El Batallón controla todos los puntos estratégicos, no pasaría ni un ratón.”

El ataque sobre Sierra Nevada sin artillería y sin bombardeos, había sido una sorpresa para los fascistas. Era también la primera vez que tenían delante una Brigada Internacional. Al principio habían corrido como conejos hasta Granada, dejando detrás armas, municiones y comida. Más de cien quilómetros cuadrados habían conquistado al asalto los batallones de la XIII Brigada. Ahora los fascistas se mantenían a una distancia respetable.

– “Lástima, dijo Otto, tal vez aún hubiésemos podido conquistar Granada”.

Me pareció que lo decía francamente, era un verdadero tipo de rompe y rasga. No era casualidad que se le hubiese dado al Batallón en nombre de “Tchsapaiev”, el legendario jefe de partisanos de la gran Revolución de Octubre. Pregunté si habían tenido muchas bajas en el ataque a las montañas. Habían caído tres camaradas y cinco habían sido heridos pero pronto estarían de nuevo disponibles. Pero el Batallón no se había debilitado numéricamente, al contrario: se había hecho más fuerte.

Más de 200 jóvenes españoles subieron a los camiones de los internacionales cuando éstos fueron al encuentro de los fascistas en la carretera de la costa. No podían aún combatir porque no había bastantes armas en el Tschapaiev, pero procuraban ser útiles donde podían y ahora estaban siendo entrenados con las armas conquistadas. Estaban orgullosos de pertenecer a una unidad internacional y querían quedarse en el Batallón hasta que los fascistas fuesen derrotados. Mientras hablamos se bebió, naturalmente, vino y cantamos una y otra vez. Otto era muy cantador y como me había dicho espontáneamente que me quería llevar con él de visita al frente a la mañana siguiente temprano, yo también canté entusiasmado. Había llegado el camarada Wallmann con su guitarra y cantamos viejas y nuevas canciones obreras, desde “Pequeño trompeta” hasta “Adelante y no olvidar la solidaridad”, también la canción preferida de Otto ”Oh Tirol, qué bello eres” y, cómo no, la “Canción de Tschapaiev”.

Toni había desaparecido disimuladamente hacía un par de horas cuando a media noche tuvo ya bastante. Pero Otto no había olvidado su promesa: “Desayunar a las 7, después nos vamos a caballo. ¿Sabes montar?” Le contesté precavidamente que hasta ahora no me había caído de ningún caballo. Lo que no le dije es que todos mis conocimientos hípicos se los debía a un viejo caballo de labor al que había subido algunas veces en 1933 en Prusia Oriental. Además pensé que los campesinos aquí sólo tendrían mulos y asnos y estos no eran bravos.

Tras el duro día me dormí enseguida. Cuando el sargento Trautzsch me despertó a las 6,30 creía que me acababa de dormir. Toni había dormido dos horas más, había bebido menos vino y estaba fresco como una rosa…

El café estaba en una gran jarra sobre la mesa, la mantequilla era desconocida en España, pero había jamón y huevos, y Otto Brunner armó su primera bronca matutina cuando el cocinero dijo que quería asar gallina para comer.

– “¿Sois idiotas o qué?, regañó al cocinero, os zampáis todas las gallinas y además queréis tener huevos. No se mata ni una gallina más, ¡es una orden!”… Durante el desayuno llegó el jefe de la 1ª Compañía, Gusti Stöhr, un flaco y nudoso cuarentón que podía ser muy cortante, pero también muy divertido.Quería acompañar al comandante y había venido a caballo. Fuera se oían reniegos, patadas de caballos y relinchos...”

El valle en el que se encuentran Pitres y Pórtugos estaba aún en sombras, pero el sol salía poderoso por detrás del Mulhacén cubierto de nieve y hielo… Estábamos a unos 2.000 metros de altura… pero cuando llegamos a la zona donde ya daba el sol sentimos el calor y vimos el mar y la verde y exuberante línea de la costa.

Tras un rato de marcha el capitán Stöhr detuvo su caballo, el camino doblaba hacia abajo. “Ahora tendremos que cabalgar unos cientos de metros a la vista del enemigo; tienen instalado al otro lado un puesto de ametralladoras”. Señalaba la zona alta de una montaña, a unos 800 o 1.000 metros de distancia de nosotros, de la que nos separaba un estrecho valle de paredes abruptas. Nos aconsejó que cabalgásemos de uno en uno, a distancia de varios minutos. “Agachado sobre la silla y al galope”, mandó Otto. Gusti se apretó sobre su silla y salió corriendo el primero, Otto detrás de él. Ningún tiro hasta que yo con mi “Minna”, que no había manera de que galopara, estuve en medio del camino; entonces empezaron a sonar algunos tiros que chocaron sobre las rocas por encima de mí. Yo me había tirado sobre la silla, pero con mi yegua patilarga y blanca seguro que era un blanco de lo más visible. Con el apuro de espolear a la “Minna” y de mantenerme sobre la silla, ni había notado los tiros. Sólo Julius Lackner, que iba detrás de mí frenado por el paso de mi yegua renegaba de la peligrosa expedición. Otto me gritó entonces que ya había recibido mi bautismo de fuego y por tanto ya pertenecía al Batallón.

Necesitamos todo el día para visitar todas las posiciones de la 1ª Compañía. Para mí era importante conocer, aunque fuese por encima, a todos los compañeros y camaradas con los que conviviría en los siguientes tiempos. Lo que más me impresionó fue la seria naturalidad con la que los jóvenes españoles que huyendo de los fascistas habían venido a nosotros, se instruían en el uso de las armas… la mayoría eran analfabetos, nunca habían podido asistir a la escuela, y te los encontrabas en grupos practicando la escritura. Cómo podía esto funcionar es algo que al principio no entendía, porque aunque todos los “alumnos” hablaban español, los maestros del Batallón habían venido de más de veinte países. Cómo se podían entender entre ellos, es algo que no sé. Para empezar los camaradas españoles aprendían a conocer el alfabeto y a escribir cada una de las letras. Con las clases sus multinacionales maestros hacían a la vez buenos progresos en el aprendizaje de la lengua española y en la práctica de su magisterio.

Los camaradas de la 1ª Compañía se hallaban repartidos en grupos de entre cinco y diez hombres en posiciones sobre un amplio sector del frente, y dominaban con sus fusiles y ametralladoras cada camino y cada sendero de la montaña. Era impresionante también observar la camaradería y la forma amistosa del trato de los camaradas con sus jefes…

Otto Brunner hablaba muy bien el español. A lo largo de su agitada vida había pasado algunos años en Brasil y conversaba con los camaradas españoles que habían venido a la Brigada como voluntarios. Habían huido de Málaga ante los fascistas. La dirección había fallado, hubo pánico cuando los regimientos cerrados de la Legión Extranjera española y los moros, naturales de las colonias africanas, reforzados por la aviación italiana bajo el mando de los generales rebeldes, se dedicaron a masacrar a la población civil española. Contra los bombarderos y la artillería y sin una dirección consecuente, se sintieron impotentes y traicionados. Ahora querían luchar hasta la última gota de sangre. Lo decían con toda seriedad. Las siguientes semanas empecé a conocer poco a poco a los camaradas del Tschapaiev que estaban situados en sus posiciones en el frente. Los servicios de retaguardia como abastecimientos, armería, servicio sanitario, parque móvil… estaban más abajo, estacionados en las carreteras transitables.

Según una relación informativa sobre la constitución del Batallón, resultaba el siguiente cuadro. En total, 689 soldados, de los cuales los internacionales eran:


79 alemanes

67 polacos

41 austriacos

20 suizos

20 palestinos

14 holandeses

13 checos

11 húngaros

10 suecos

9 daneses

9 yugoslavos

8 franceses

7 noruegos

7 italianos

5 luxemburgueses

4 ucranianos[1]

2 rusos blancos

2 belgas

1 griego

1 brasileño

La composición social de los camaradas internacionales era la siguiente:

Obreros 231
marineros 36
empleados 19
campesinos 18
Pequeños propietarios y arrendatarios 13
intelectuales 8
funcionarios 7
Industriales (sic) 7

Además 350 españoles, que, como ya se ha dicho, vinieron voluntarios a nuestras filas en este sector del frente. Me asombró la relativamente alta cantidad de marineros, pero ello se debía, sencillamente, a que marineros de los barcos que abastecían España abandonaban el barco para inscribirse como voluntarios.

La composición del Batallón, naturalmente, no permaneció estable ni en lo nacional ni en lo social… A finales de diciembre de 1936 los Batallones de la XIII Brigada formados el 19 de diciembre fueron enviados a Teruel porque se temía que los fascistas intentasen hacer un avance hacia Valencia.

Teruel no fue tomada porque no se pudo conseguir ninguna coordinación entre las unidades españolas que se emplearon, pero los fascistas fueron rechazados y no se atrevieron de allí en adelante a hacer ningún avance más.El Batallón Tschapaiev sufrió 80 muertos y casi 200 heridos. Las bajas de los dos Batallones franceses pertenecientes a la XIII Brigada fueron tan grandes que después de haber sido relevados se tuvieron que reunir en un solo Batallón. A lo largo de un mes, hasta el 27 de enero, la debilitada XIII Brigada mantuvo las posiciones en torno a Teruel, después fue sustituida. Numéricamente débiles, pero expertos en el combate y fortalecidos después de un corto periodo de reposo y de un insuficiente refuerzo, fueron llevados a toda velocidad a parar el avance de los fascistas desde Málaga a lo largo de la carretera de la costa en dirección Almería, Alicante y Valencia. Una División del ejército republicano mantuvo la carretera de la costa, los dos Batallones de la XIII Brigada formaron un cerrojo hasta los 3.400 metros de altura a través de la Sierra Nevada, e impidieron que desde Granada se produjera otro avance a través de las montañas.

Los camaradas que conocí allí eran hombres magníficos y valientes combatientes experimentados, pero estaban ya impacientes. Oían hablar de las duras luchas ante Madrid y se sentían sobrantes aquí. Eran de la opinión que estas posiciones que ellos habían ocupado, podían ser defendidas por cualquier unidad española normal.

“Aquí nos estamos volviendo gordos y perezosos, me dijo uno; ya es hora de que vayamos a un frente normal.”

En una cosa tenía razón: aquí había muchas provisiones entre los campesinos y en las montañas. Pequeños cerdos salvajes negros corrían por todas partes en las cercanías de los caseríos. Rebaños de ovejas se veían en las pendientes de las montañas, las gallinas cloqueaban y en las bodegas de piedra se guardaban enormes depósitos llenos de aceite y barriles llenos de espeso vino tinto. Los pequeños jamones colgaban como murciélagos en los techos de las casas para secarse… Judías y “garbanzos”, una especie de habas desconocidas para nosotros, los había por todas partes en abundancia. En el aislamiento de las montañas la escasez no se había instalado como en las ciudades y sus alrededores. Pero entre los internacionales había pocos a los que les gustara preparar la comida con el aceite de oliva sin destilar, tampoco les gustaban las comidas preparadas con ajo, tan querido en el sur de España. Sólo había pan de trigo y nada de pan de centeno negro y lleno de semillas, tampoco había mantequilla, que no es propia de la cocina española, ni tampoco patatas, y esto resultaba especialmente desagradable para los camaradas alemanes.

Otto Brunner había estado ya dos veces en el Estado Mayor de la Brigada para saber algo concreto sobre una sustitución y un nuevo destino de la Brigada, pero había sido perder el tiempo. La jefatura española del sector creía que no podía aún prescindir del Batallón y el Ministerio de Guerra de Valencia quería supuestamente abastecer a la Brigada con nuevas armas antes de volverla a emplear como brigada de ataque. Decía que más necesarias eran en Madrid las armas que venían de la URSS.

Desde que la llamada Comisión del “Pacto de no intervención” controlaba las fronteras de Francia y Portugal, mientras que los barcos alemanes e italianos podían utilizar los puertos de la zona ocupada por Franco con total descaro, la entrada de armas procedentes de la Unión Soviética y Méjico era cada vez más difícil e iba acompañada de muchas pérdidas. Pero a pesar de todo, los aviones de caza soviéticos estaban en el aire y contratacaban a los tremendos bombardeos que los aviones fascistas llevaban a cabo sobre las grandes ciudades. También algunas baterías antiaéreas estaban colocadas en puestos estratégicamente importantes y grupos de tanques ligeros y medianos, y ante todo cañones antitanques, llegaban a los más importantes sectores del frente cada vez en mayor número para ser utilizados.

Con ello aumentaba la esperanza de contar, aunque sólo fuese por una vez, con un armamento unitario y moderno. Las armas del Batallón Tschapaiev eran buenas para un museo pero no para el frente. Eran viejas, en parte viejísimas. Si no recuerdo mal, los fusiles de nuestro Batallón disparaban balas de cuatro diferentes calibres. Con las ametralladoras pasaba lo mismo. Desde Colts antediluvianos hasta las “supermodernas” armas de la guerra mundial, allí estaba representado todo lo que tratantes ilegales de armas le habían vendido al Gobierno de la República a precio de oro… En nuestra armería había que hacer verdaderas obras de arte para que las armas siguiesen siendo capaces de disparar. En nuestras conversaciones vespertinas hablábamos de todo lo que nos oprimía el corazón, y como habitualmente había por lo menos un representante de cada Compañía -capitán, ayudante o comisario -, se podían tratar todos los problemas, esperanzas y deseos.

Todos estábamos de acuerdo en que el pueblo español habría acabado con los generales rebeldes, con las tropas coloniales y con la legión extranjera, si éstos no hubiesen contado, por un lado, con la enorme superioridad armamentística debida al apoyo de los fascistas italianos y alemanes, y por otro, con el desastroso resultado de la política de no intervención, que sólo representaba los intereses del capital financiero internacional invertido en España… El mejor testimonio era que trabajadores, campesinos, burguesía progresista e intelectuales habían tenido que derrotar a los putchistas en los primeros días de la sublevación con piedras y palos, sin armas.

Además los españoles no tenían práctica militar. Desde que cayó su “imperio universal” el ejército español fue cada vez más pequeño… apenas 100.000 soldados para una población de 30 millones de personas;en cambio disponían de 2.500 generales y 10.000 oficiales pues la clase dominante, nobles y grandes propietarios, ocupaban tradicionalmente las posiciones de poder: el primero hijo heredaba el patrimonio, el segundo era militar y el tercero cura…

La relación con los labradores que no habían huido de la zona librada sino que permanecían en ella, era buena aunque no era fácil entenderse con ellos pues aquí se hablaba un dialecto que era extraño hasta para los españoles que venían de otras regiones (sic). Pero las estrictas órdenes de que todo lo que se compraba para el suministro de las tropas debía ser pagado inmediatamente, había creado unas relaciones de confianza. Tanto los viejos como los jóvenes eran amistosos y cordiales si te los encontrabas. Los chicos jóvenes que se habían mantenido escondidos en las montañas, habían salido rápidamente cuando las tropas fascistas fueron echadas. Algunos se habían inscrito para quedarse con los internacionales, pero ya estábamos recargados de españoles sin formación y además no teníamos armas para ellos. Pero nos hacían buenos servicios no sólo porque conocían cada camino y cada senda y nos podían poner en guardia ante sorpresas desagradables, sino también porque organizaban y conducían las caravanas de mulos y asnos que eran necesarias para el abastecimiento. Ellos husmeaban las cosas escondidas por los labradores ricos que habían huido, camufladas en valles apartados y difícilmente transitables y traían ovejas, cerdos, mulos, asnos y hasta caballos a Pitres y Pórtugos. Encontraron abrigos y camas, mantas, ropa de lana y bufandas, y las pusieron a disposición de los camaradas, sobre todo de los que ocupaban los puestos avanzados o de guardia.

También el grupo húngaro estaba bien abastecido de todo y podía seguir entre nieves y hielos sin demasiadas dificultades.Cuando el comisario Ewald dijo una tarde que quería ir al día siguiente a la posición donde estaban los húngaros, le propuse ir con él. Era el único grupo que aún no conocía. Quedamos para salir a las 6, un camarada español nos haría de guía. Como la altura que había que salvar era de más de mil metros y los últimos ochocientos iban entre hielo y nieve, había que contar con por lo menos tres o cuatro horas de camino. El trayecto era duro pero maravilloso… Antes de llegar a la zona del hielo hicimos un descanso y nos reforzamos con café, pan y jamón. Me sabía mal que Ewald, que era muy corto de vista, no pudiese disfrutar de la vista de las montañas, el mar y la línea verde de la costa, claramente visible a lo lejos. Con los prismáticos creí vislumbrar muy al fondo hasta la costa de África… Al noroeste se adivinaba, no demasiado lejos, Granada, la espléndida ciudad… Ewald sólo comentó que yo era un “romántico”.

Los últimos trescientos o cuatrocientos metros no eran tan difíciles como me los había temido. En algunas cuestas heladas había cuerdas bien fijadas para facilitar la ascensión, así como escalones esculpidos en el hielo y caminos relativamente bien trazados. Desde hacía por lo menos un mes subían aquí al menos una vez al día columnas de porteadores con los suministros indispensables: madera, munición y todas las cosas necesarias.

Un puesto avanzado de dos hombres nos paró a gritos. Estaba tan bien camuflado que no lo habíamos observado hasta que estuvimos a pocos metros de él… se alegraron de recibir una visita del mundo habitado aunque poco teníamos que contarles, excepto nuestra muy optimista esperanza de un próximo relevo.

A las 10 estábamos con el grupo en su “cuartel principal”. Con un camarada español había 18 hombres que desempeñaban sus guardias en tres puntos día y noche. Pero como no había motivo para temer súbitos ataques, durante el día habitualmente realizaba la guardia sólo un observador con unos prismáticos, que se cambiaba cada dos horas. Si el día estaba claro, se podían controlar hasta en un radio de 20 quilómetros, todos los movimientos de tropas o transportes. Sólo la ametralladora estaba servida durante el día por dos hombres y por la noche por tres…

Naturalmente se habían construido en dos recodos naturales de la montaña unos albergues bastante bien protegidos, calentados día y noche por unas estufas singulares. Eran recipientes planos de latón que se levantaban sobre pequeños pies, tenían algunos agujeros para el aire y podían cerrarse con una tapa igualmente con agujeros hechos a propósito. La calefacción se conseguía con los huesos de las aceitunas que quedaban tras la cosecha y la extracción del aceite. Estos huesos se quemaban lentamente como carbones y mantenían la temperatura en las cuevas a algunos grados de calor… Estas estufas procedían al parecer del tiempo de los moros… se ponían debajo de unas mesas redondas y mantenían los pies calientes… La madera era muy escasa y un fuego de chimenea sólo raramente se podía encender. Los guardias de fuera también tenían estas pequeñas estufas en sus guardias de noche… ya que la temperatura caía a -15 grados. Una gran ventaja, según los camaradas húngaros, es que estas estufas no hacían humo, no ahumaban las cuevas y no eran visibles para el enemigo.

Mientras Ewald e Imre Tarr, el comisario del grupo (el millonario en ciernes) se sentaban para conversar alrededor de una estufa, yo salí con el jefe de grupo y su segundo a visitar los puestos. Estaban todos hechos con inteligencia y adecuación. Mi observación de que durante la noche podían ser eventualmente trasladadas tropas y material a buenas posiciones de ataque, fue recibida con ligeras sonrisas. Me explicaron que los españoles cuando se hace de noche se mueven muy raramente al aire libre. Las diferencias de temperatura entre el día y la noche son tan grandes que, según se ha experimentado, son inevitables enfriamientos de estómago e intestinos y debido a ello largas enfermedades… no sólo en las montañas sino también más o menos en todo el país. Por eso todos los españoles llevan, también de día, fajas de lana: los de los pueblos sobre los pantalones y los de las ciudades escondidas. Como los oficiales siguen la misma tradición, las acciones nocturnas están prácticamente excluidas… En uno de los puestos le pregunté a un camarada sobre la cuestión de la faja, y él, sin decir palabra, se levantó la camisa y me enseñó su faja roja, de lana. Me propuse comprarme una en Pitres en cuanto pudiera.

Uno de los camaradas húngaros que estaba vigilando en el puesto de ametralladoras, dominaba extraordinariamente el alemán, había luchado en 1919 con Bela Kun a favor de la República de los Soviets, había pasado por Checoslovaquia a Alemania y había combatido activamente hasta 1923 por una República de los Soviets alemana. Después tuvo que emigrar a Francia donde había trabajado hasta las elecciones del 35 en la zona del Sarre. El grupo húngaro había también sufrido muchas bajas en los combates en torno a Teruel en diciembre del 36. De los once supervivientes, siete habían luchado con Bela Kun, pero incluso los otros llevaban muchos años en la emigración. La lucha en España era para ellos la lucha por su patria. Derrotar al fascismo, imponer el poder del pueblo allí donde fuese: esa era su meta. Las discusiones permanentes que habían tenido desde la caída de los Habsburgo hasta hoy sobre Bela Kun, se habían revelado como inútiles y ya se habían acabado. Les pregunté si discutían entre ellos. “No, fue la respuesta, cada uno tiene ya su propia opinión.”

Les pregunté por qué no querían ser sustituidos, ya que aquellos eran unos puestos duros. Pensaban que era igual estar aquí o en cualquier otro lugar. Ya se habían acostumbrado a las alturas y para otros sería, seguramente, muy duro acostumbrarse a estar allí arriba.No había pues, ningún problema en el Mulhacén.

Fuimos a comer al medio día. La comida no se diferenciaba en nada de la de Pitres, no había en realidad otros ingredientes… Cocinaban en la grieta de una roca tan escondida que no podía ser vista ni tiroteada y además el humo se salía por distintos agujeros y se dispersaba sin poder ser visto. El fuego se encendía con sarmientos y raíces de viñas recogidos en el valle. El camarada Tarr me gustó, era equilibrado e inteligente, y se le notaba que sabía lo que quería. A las 3 fue ya hora de marcharse. Tarr nos acompañó hasta los primeros puestos de guardia. Por el camino aún le preguntó Ewald si todo había quedado bien aclarado. La respuesta fue “Sí, todo y definitivamente”. Permaneció aún dos semanas con nosotros y luego fue llamado a ocupar el puesto de comisario del Batallón húngaro “Rakoshi” de la XII Brigada, que estaba bajo las ordenes de su compatriota Lucasz. Imre Tarr cayó en junio en el frente, en el ataque de la XII Brigada a Huesca.


Antón Haas

Cuando a finales de enero cayó en manos de los fascistas la gran ciudad portuaria de Málaga mi destacamento marchó también a Andalucía, al frente de Málaga y Granada, como Batallón de asalto “Tschapajev” de la XIII Brigada Internacional Mixta Móvil.

28 de febrero de 1937 Las casas de la quinta columna

El sol ascendía cada vez más alto, era mediodía. El Estado Mayor de nuestro Batallón estaba albergado desde el ataque por sorpresa sobre las estribaciones del sur de Sierra Nevada el 21 de febrero, en casa del alcalde en Pórtugos que se había pasado a los fascistas, marroquíes y legionarios españoles de la Legión extranjera. Al día siguiente fue sustituido por orden del Comisariado por un nuevo alcalde, al cual hicimos una visita poco después.

Al caer la tarde una profunda oscuridad se extendía sobre los valles de las montañas de más de tres mil metros, las más altas de España. Llovía torrencialmente. De pronto empezaron a sonar tiros por las estrechas y esquinadas callejas del pueblo. También se oían disparos de fusiles de la vecina Trévelez, el pueblo más alto de España. “Maldita sea” le oí decir al comandante del Batallón en su dialecto suizo alemán, dando órdenes inmediatamente. Agarré mi carabina, me colgué la pistola y salí corriendo al callejón con Edward[2], nuestro comisario de guerra, y el ayudante del Batallón. Nuestros hombres del Estado Mayor se colgaron sus granadas. Por encima de los tejados muy inclinados de las casas situamos una máquina de artillería ligera, después corrimos por los inundados callejones en dirección hacia donde se oían los tiros.

Por el límite occidental de la aldea se veía una cabaña de labradores algo más alta que las demás de la cual salía una luz que se encendía y enseguida se apagaba. Hacia allí señaló el comisario del Batallón, que chapoteaba junto a mí bajo la lluvia. Entre tres arrimamos una escalera de madera hasta el primer piso. Delante de una chimenea abierta se sentaban en sillas bajas muy rústicas tres hombres y dos mujeres. El olor a café llenaba el cuarto que apestaba a tabaco. Riendo nos saludaron: “Buenas tardes, señores”. El jefe del Batallón, que hablaba español, les dijo que se había disparado contra nosotros y que por tanto debíamos inspeccionar también su casa. Nos la mostraron con mucha diligencia y sin parar de hablarnos. Después de media hora abandonamos la casa de los campesinos sin resultado. Seguía lloviendo torrencialmente. También las otras patrullas que habían salido en otras direcciones a las órdenes del ayudante del Batallón, un brigadista de Turingia, volvieron sin haber descubierto nada. La noche siguiente a las últimas horas se produjo otro tiroteo aún más intenso. Una proclama hecha por el comando español del lugar hizo saber a la población que si se repetía el tiroteo toda la población civil sería desalojada.

“Es la quinta columna”, me dijo un campesino que había vuelto a Pórtugos después de que el pueblo fuera reconquistado por nuestro Batallón de asalto. Como autor del tiroteo nocturno y del contrabando de armas fue investigado inmediatamente el nuevo alcalde. También él pertenecía a la llamada “quinta columna” que los fascistas habían dejado al retirarse. El nombre de “quinta columna” lo dio el mismo general Franco[3] cuando dijo: “Nuestros soldados están divididos en cuatro columnas. La quinta la hemos dejado en la parte ocupada por los rojos y nos presta grandes servicios”.

La declaración de Franco dio motivo precisamente a que se extremara la vigilancia contra los elementos pro fascistas escondidos, organizando adecuadas formas de lucha contra espías, provocadores y traidores.

Al romper el día las lluvias torrenciales sobre el magnífico paisaje de montañas habían cesado y cuando el mediodía del 11 de marzo subí a las posiciones de la sección húngara de la 3ª Compañía y hasta las crestas de las altas montañas con el comisario del Batallón, se nos acercó el jefe de la sección, Imre Tarr, sonriente. Hablando de cosas personales y en cordial compañía con los hombres de la sección húngara fortalecimos nuestra camaradería como antifascistas e internacionalistas.

Dejando atrás las alturas cubiertas de nieve y hielo de estos Alpes españoles, volvimos al caer la tarde al lugar donde estaba el Estado Mayor de nuestro Batallón.



[1] Los ucranianos y rusos blancos eran emigrantes que, luchando aquí, querían rehabilitarse para volver a su patria

[2] Debe ser Ewald Munschke, comisario político de la 1ª Compañía del Batallón Tschapajev

[3] El corrector, Dr. Teubner, corrige el texto tachando “Franco” y poniendo al lado “Mola”.


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