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Este libro homenajea a las mujeres brigadistas, pero también españolas, antifascistas todas, que trabajaron en el frente y los hospitales para salvar la vida y curar a militares y civiles víctimas de la terrible agresión fascista.

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BRIGADAS INTERNACIONALES

LA SOLIDARIDAD DE LA IZQUIERDA

MATILDE EIROA SAN FRANCISCO

Publicado en el libro de Ángel Viñas (ed.), En el combate por la Historia. La República, la Guerra Civil, el Franquismo, Editorial Pasado y Presente, Madrid, 2012, pp. 265-278, ISBN: 978-84-939143-9-4. Este capítulo se reproduce con la autorización del editor de Pasado y Presente, Gonzalo Pontón, y con el de su autora.


Las Brigadas Internacionales constituyen el conjunto de unidades militares integradas por voluntarios extranjeros que durante la guerra civil española lucharon en defensa de la Segunda República. Los primeros combatientes fueron refugiados políticos alemanes e italianos que se encontraban en España en julio de 1936 y deportistas que se hallaban en Barcelona para competir en la Olimpiada Popular organizada para contrarrestar los Juegos Olímpicos convocados por la Alemania de Hitler. Aunque la mayoría dejaron España a lo largo del verano, algunos se encuadraron en centurias y batallones surgidos al comienzo de la guerra, como una demostración de solidaridad con los españoles defensores de la legalidad republicana. A ellos se unirían grupos de individuos procedentes de Europa que vinieron al conocer los primeros ecos del golpe de estado.

La constante y creciente incorporación espontánea de hombres de todo el mundo en apoyo de la República llevó a Stalin y Maurice Thorez a proponer a la Internacional Comunista la creación de un cuerpo militar. En la reunión de Moscú del Presidium de la Komintern del 18 de septiembre de 1936 se acordó proceder al reclutamiento de jóvenes, remitir a las autoridades españolas las aportaciones económicas recogidas entre los sindicatos obreros a través de colectas y actos benéficos, así como a realizar presión social con la organización de manifestaciones y mítines a favor del gobierno de la República. Esta reunión constituye el “acta fundacional” de las Brigadas Internacionales, aunque los autores pro-franquistas la retrotraen a finales de julio, quizá para “explicar”, las decisiones de intervención de Hitler y Mussolini y justificarlas.

La eficacia del reclutamiento se debió a la Komintern, pero también a la simpatía que la España republicana despertaba entre la izquierda mundial, de tal modo que los comunistas canalizaron un movimiento espontáneo ampliamente extendido desde que se tuvo noticia de la rebelión militar del 18 de julio. La Internacional Obrera Socialista (IOS) y los sindicatos conformaron, igualmente, una estructura esencial para la leva y envío de voluntarios, a pesar de las contradicciones que se vivieron en su seno con respecto a la intervención en la guerra.

La integración en este movimiento pro-republicano se realizaba, pues, a través de dos vías principales: por un lado, la Komintern mediante su red de alistamiento, y por otro, de forma individual y espontánea acudiendo a organismos o comités de ayuda a España donde obtenían apoyo técnico y logístico. Quienes llegaban a través de la Internacional Comunista recibían ciertas instrucciones con respecto al objetivo principal de su participación, a saber, el apoyo a los republicanos españoles y la lucha contra el fascismo. Aunque comenzaron a circular listas de enrolamiento en las células de los partidos comunistas, nadie obligó al mismo ni hubo consignas amenazadoras al respecto, si bien el ambiente propagandístico y la alarma de las noticias que llegaban de España invitaban a la colaboración activa.

La central de alistamiento se estableció en París donde, entre otros, se hallaba Josep Broz, ‘Tito’. Cada nacionalidad disponía de su propia modalidad y estructura para recibir a los voluntarios. Cuando llegaban, se hospedaban en hoteles, pensiones o domicilios particulares, y la cooperativa obrera de la CGT se ocupaba de la alimentación. La selección no era rígida y primaba el pragmatismo ante la urgente necesidad de contar con hombres que apoyaran al Ejército Popular. No obstante, se procedía a una breve investigación en la que se comprobaba que no eran infiltrados facciosos o provocadores, si tenían conocimientos militares y un examen médico para verificar la aptitud física. Los voluntarios no obtenían ninguna prima, ni firmaban contratos, ni conocían el tiempo de su estancia en España, si bien recibían un sueldo diario de 10 pesetas, igual al de los milicianos españoles. Las condiciones, sin embargo, fueron muy diferentes según los países. En Suiza, por ejemplo, desde agosto de 1936 un decreto prohibió toda forma de apoyo, además de estar en marcha una campaña de ilegalización del Partido Comunista que obligaba a realizar los trabajos de forma clandestina; en Suecia y Bélgica el Partido Comunista tomó la decisión de canalizar el voluntariado en octubre y una ley perseguía a quien apoyara el reclutamiento; en Gran Bretaña no se inició hasta octubre-noviembre; en Estados Unidos en noviembre y en Irlanda en diciembre. Los grandes contingentes británicos y norteamericanos llegaron a España a principios de 1937, pero el Foreign Office pronto declaró ilegal esta actividad. A partir de marzo los pasaportes de los estadounidenses no eran válidos para viajar a España. Polonia, Hungría y Bulgaria anunciaron a quienes se enrolaran que perderían su nacionalidad.

En general los voluntarios recorrían numerosas vicisitudes hasta llegar a París. Aquellos que procedían de países con gobiernos de derechas tenían complicaciones en la salida, especialmente los de origen alemán, polaco, italiano, húngaro o balcánico, quienes pasaban aventuras arriesgadas en su viaje a pie o en medios de transporte muy precarios, durmiendo al aire libre y escondiéndose de día para no despertar sospechas. A algunos les detuvieron e ingresaron en prisiones provinciales, mientras que otros fueron devueltos a sus lugares de residencia. Partían con un sentimiento fuerte de fraternidad con el pueblo español atacado por las potencias nazi-fascistas, un sentimiento que prendió en hombres de todos los puntos del mundo incluidos chinos, árabes, hindúes, norteamericanos o canadienses.

Después de París, los voluntarios se dirigían a la estación de tren de Austerlitz o a los puertos de Lyon y Marsella, desde donde se trasladaban en barco. El antiguo hospital de Perpiñán funcionaba como centro de recepción para los que llegaban en tren. De aquí eran transportados en autobuses hasta Cerbére o Le Perthus. El paso de la frontera se realizaba apenas sin problemas, en grupos reducidos, puesto que aprovechaban los turnos de la guardia favorable a la República. Posteriormente tomaban un sendero de montaña de la manera más discreta posible, hasta que llegaban a Figueres y de ahí a Albacete.

El movimiento masivo de voluntarios constituyó un ejemplo único de solidaridad sin precedente hacia la España republicana, y el riesgo físico de los que se enrolaron debe interpretarse como la máxima expresión del compromiso que contrajeron. A fines de diciembre de 1936 el flujo de los alistamientos comenzó a estancarse, debido a la filtración de las matanzas de brigadistas en Madrid y a las prohibiciones del alistamiento. Después del 21 de febrero de 1937  la cadena tuvo que ser reconstruida: el paso de los Pirineos se volvió más complejo, ya que era clandestino, se realizaba de noche y atravesando zonas muy peligrosas de transitar.

En cuanto al perfil de los brigadistas, la historiografía ha demostrado que se trató de un ejército proletario dada la preeminencia de la clase obrera frente a intelectuales, poetas, escritores o periodistas. Aun siendo cierto el compromiso físico y el peso de estos últimos en las labores de propaganda, solidaridad y defensa republicanas, fueron minoría en el contexto del voluntariado. Los estudios confirman, por ejemplo, que el 80% de los ingleses, el 92 % de los franceses y el 57% de los húngaros eran obreros. En lo que respecta a la edad media, la franja de edad se situaba entre los 25-40 años con excepciones hacia el arco superior e inferior dependiendo de cada nacionalidad. En lo que concierne a la orientación política predominaba la comunista, aunque dependiendo de los países el porcentaje variaba: en Italia suponía el 56%; en Francia un 53 %; suizos y norteamericanos el 72%; británicos el 75%. Además de ellos se encontraban cientos de socialistas, anarquistas o simplemente simpatizantes de izquierda. Las fuentes desmontan, pues, una de las acusaciones de los historiadores pro-franquistas al demostrar que no fueron un capital militar, ni un ejército comunista pagado con el dinero del Banco de España enviado a Moscú, ni mercenarios, aunque entre ellos hubo aventureros e infiltrados con diversos intereses.

Los motivos que los voluntarios adujeron para su alistamiento cubren una amplia gama de motivaciones, siendo las principales el antifascismo, el patriotismo, el pacifismo -puesto que interpretaron la guerra española como el inicio de otra guerra mundial-, la injusticia, una reacción ante la no intervención, la solidaridad con los de su clase, aunque en algunos se observó un gusto innegable hacia la aventura. Entre los militantes pesaba el hecho de que los camaradas arriesgaban sus vidas por la lucha antifascista. Según las nacionalidades las razones eran diferentes: para los italianos se trataba de frenar al fascismo, de ahí el lema "Hoy en España, mañana en Italia" o "Por vuestra libertad y la nuestra”; algunos comunistas franceses eran partidarios de hacer avanzar el comunismo; los alemanes y polacos intentaban frenar el nazismo. Ellos sabían que lo que ocurriera en España tendría consecuencias en sus respectivos países.

En las Brigadas Internacionales hubo también decenas de mujeres que pertenecían a los servicios sanitarios y administrativos de la base de Albacete, pero tenían prohibido participar en los combates. Algunas realizaron tareas de espionaje como Lise Ricol en la OMS, el aparato clandestino de la Komintern en Valencia o en el SIM, el Servicio de Investigación Militar. Estaban familiarizadas con la lucha de la clase obrera y el antifascismo y en su mayoría pertenecían a las Juventudes Comunistas, Socialistas o eran de ideología de izquierdas.

Los internacionales se organizaron en brigadas mixtas con comisarios, como existían ya en las unidades del Quinto Regimiento. Este modelo contó con el apoyo de algunos militares profesionales españoles y se inspiró en los grupos móviles que los franceses utilizaban en África y no en el modelo soviético, como algunos historiadores sostienen. Al adoptarlas como unidad, se abandonaban las divisiones orgánicas que había establecido Manuel Azaña en 1931, pero se prefirió el nuevo sistema al ser más ágil, más fácil de organizar y con mayor capacidad de actuar de forma independiente.

El 19 de septiembre de 1936 André Marty elaboró un plan General de Operaciones que incluía la formación de una agrupación militar constituida por 4.000-5.000 voluntarios. Luigi Longo encabezó una comisión que se reunió con el ministro de la Guerra y presidente del Gobierno Francisco Largo Caballero a fin de ponerse a disposición del estado mayor. Largo Caballero manifestó muchas reticencias al plan con motivo del indudable peso que tenían los comunistas en la toma de decisiones. Los anarquistas no eran partidarios de su presencia e incluso en un principio hubo órdenes de que se les devolviera a París cuando llegaban a la frontera. Pero las circunstancias aconsejaron aceptar la oferta y, tras negociar los términos concretos, se aprobó el decreto oficial de creación de las Brigadas Internacionales el 22 de octubre de 1936.

El mando quedó configurado con personalidades de amplia trayectoria política y militar dentro de la disciplina comunista. Su relación con el estado mayor republicano se realizaba a través de un organismo de enlace dirigido por el coronel Simonou (Valois), quien, además, tendría que estar en contacto con Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes y de la Junta Delegada del Gobierno en Levante. Se nombró comandante jefe a André Marty con quien colaboraron Jean Marie Geoffrey, Vital Gayman (comandante de la base), Emile Kléber, Luigi Longo (comisario político jefe) y Nicoletti Di Vittorio. André Marty ha recibido el apodo del carnicero de Albacete, un apelativo generado por su fama de carácter fuerte. Diversos historiadores le han acusado de haber ejecutado a numerosos internacionales, un ejemplo de leyenda negra nacida con la manipulación de sus palabras en las que supuestamente había confesado el fusilamiento de 500 hombres. Quienes estuvieron con él en Albacete niegan que haya habido esa política de ejecuciones sistemáticas, aunque su personalidad severa parece ser cierta.

Las Brigadas quedaron encuadradas bajo mandos españoles y el Gobierno eligió Albacete como base organizativa. Esta ciudad estaba situada en un lugar estratégico entre Madrid y Andalucía, los dos frentes más activos; tenía buena comunicación, era el centro de una región rica en producción agrícola, de terreno llano adecuado para la formación de milicias, y con escasa presencia de anarquistas, lo que facilitaba la convivencia. Su inauguración tuvo lugar el 14 de octubre.

Los brigadistas recuerdan la calurosa bienvenida que les brindó el pueblo español a su llegada. En Albacete fueron alojados en casas grandes, cuarteles y otros edificios civiles y en los pueblos de alrededor se organizaron secciones de alimentación, abastecimiento de víveres, ropa, higiene y otros enseres. Las dificultades para encontrar una lengua común, las diferencias culturales y algunas rivalidades políticas hicieron que los contactos fueran difíciles y lentos. Las disputas eran habituales entre alemanes y franceses, mientras que había roces entre británicos y norteamericanos y entre británicos e irlandeses, aunque estos problemas no se trasladaron al campo de batalla. Se estableció un programa de instrucción militar de quince días mientras se realizaba una verificación de los cuadros militares y políticos.

Paralelamente se regularizaban las distintas secciones administrativas de la base. Hubo que hacer un esfuerzo ingente en la organización del transporte y el correo postal, un servicio de primera necesidad para la moral de los voluntarios. También se dispuso la producción de prensa, creándose en marzo de 1937 una estructura informativa basada en una publicación conjunta, Le Volontaire de la Liberté, editada en varios idiomas. Según Mirta Núñez nacieron unas 71 cabeceras de periodicidad semanal o diaria, redactadas en numerosas lenguas. Algunos de estos periódicos estaban ilustrados y sus contenidos hacían referencia a la vida cotidiana, reflexiones morales, consejos, curso de español, escritos literarios, noticias generales sobre los brigadistas y directrices ideológicas. Entre los más importantes figuran Dabrowszszak, Dimitrovac, Commune de Paris, Vers la liberté, Le Volontaire Antifasciste, Tchapajev, La Voz de la Sanidad, Le Peuple en armes, Pasaremos, Il Garibaldino, Adelante la XIII, Venceremos, El Soldado de la República-Le Soldat de la République, Our Fight y Bayonetas Internacionales. La divulgación de lo ocurrido en España se realizó igualmente a través de documentales producidos por técnicos y personal internacional, como The defense of Madrid (1936), The Spanish Earth (1937), Brigadas Internacionales (1936), Ispanija (1939), Madrid en llamas (1937), Hearth of Spain (1937), L'Espagne vive (1939), O In kampf  gegen den Welifeind (I939).

La atención sanitaria se reconstruyó, principalmente, con ayuda francesa, británica, norteamericana, escandinava y checa. En enero de I937 se creó en París la Central Sanitaria Internacional (CSI) cuyo objetivo sería coordinar las actividades de solidaridad médica con la República. Hubo servicios hospitalarios en Romeral (Toledo), Murcia, Alcoy (Alicante) y Benicásim (Castellón), cuyo personal llegó a conformar diez equipos quirúrgicos en el frente y cuatro en la retaguardia. En ellos se realizaron mejoras que sirvieron para guerras posteriores, como el transporte de productos sanguíneos, el tratamiento de las gangrenas y las transfusiones.

Igualmente se organizó un Servicio de Justicia Militar dotado con dos órganos, el Servicio de Control y la Comisión Judicial, cuyo objetivo era vigilar las acciones militares y controlar a los agentes infiltrados. Las acciones más graves de deserción, traición y sabotaje fueron castigadas con fusilamiento sumario o con pena de muerte conmutada, aunque
la sanción habitual era la asignación a un batallón de zapadores destinado a cavar trincheras y a montar fortificaciones. Contaban con dos centros de reeducación y tres cárceles. El total de ejecuciones que han calculado J. Delperrie de Bayac y R. Skoutelsky, es de unos 50 para el total de la guerra, el total de las Brigadas y el total de los motivos. En consecuencia no cabe hablar de aplicación de ‘la medicina del terror’, ni se puede afirmar que los soldados estuvieron sujetos a una oleada represora como han afirmado numerosos autores pro-franquistas.

A mitad de 1937 la base de Albacete ocupaba más de 40 edificios y la burocracia se había multiplicado. La ciudad dejó de ser la sede principal de las Brigadas a comienzos de abril de 1938 ante el avance de las tropas franquistas. Además había que reforzar la ayuda al frente catalán. De aquí que se evacuaran a Barcelona todos los efectivos y se instalara la central en esta ciudad. En el plano de la organización interna cada brigada constituía una unidad autónoma y dependía del estado mayor del sector asignado, a su vez controlado por un especialista militar o ‘mexicano’, como se denominaba a los asesores soviéticos. Contaba, además, con un comisario político, una institución que implantó Largo Caballero para reforzar ideológicamente al mando, cuyo papel fue definido en una orden del Ministerio de la Guerra publicada en La Gaceta de Madrid el 16 de octubre de 1936. La urgencia de que entraran en batalla no permitió realizar más filtros que los de la agrupación nacional, la afinidad idiomática o la capacitación profesional, de ahí que después hubiera numerosos cambios. Estos fallos permiten demostrar que no se trataba de un ejército organizado premeditadamente desde Moscú, sino de hombres que no conocían bien las reglas disciplinares y militares y que no habían sido formados para la guerra. Igualmente se produjo el hecho de creación y desaparición de nuevas brigadas, ya fuera debido a que llegaban nuevos voluntarios o a que perdían efectivos y los supervivientes eran reagrupados en otras.

En cuanto a las cifras de voluntarios que han dado los historiadores y la Sociedad de Naciones son muy dispares. La más alta, de 160.000, fue publicada en la prensa franquista durante la guerra; el coronel José Manuel Martínez Bande la rebajó a 125.000, mientras que en 1940 Adolfo Lizón calculó 100.000. Ricardo de la Cierva, basándose en estas investigaciones y las de Ramón Salas Larrazábal, ofreció el número de 100.000, superior al del «Cuerpo de Tropas Voluntarias» de Mussolini con el propósito de demostrar la mayoritaria colaboración foránea con la República. Andréu Castells habla de 59.380 brigadistas, aunque la documentación procedente de diversos archivos, incluidos los de Moscú, permite asegurar que el total de extranjeros alistados del lado republicano durante toda la guerra rondó los 35.000, Y nunca hubo más de 15.000-16.000 simultáneamente en acción.

La distribución entre las 53 nacionalidades que participaron también ofrece variaciones. Francia fue el país que, con diferencia, aportó más personal con unos 9.000-10.000, seguidos de polacos (4.500), italianos (unos 3.000), estadounidenses (2.340-3.000), alemanes (2.200-3.000), balcánicos (2.095), británicos (1.840), belgas (1.700), checoslovacos (2.200), bálticos (892), austriacos, escandinavos (799), holandeses, húngaros (900- 1.000), búlgaros (466) canadienses, suizos, portugueses y un total de unos 1.120 de otras nacionalidades. Conviene también destacar su naturaleza multirracial, con la presencia de unos 200 negros y una cantidad indeterminada de chinos y árabes. Habría que añadir la contribución de unos 7.000 judíos repartidos entre los distintos batallones.

Las bajas fueron bastante elevadas y se ha calculado un porcentaje aproximado del 30-40%. La explicación reside, en primer lugar, en el hecho de haber sido configuradas como fuerzas de choque, llamadas de todos los frentes con urgencia cuando estos se derrumbaban; en segundo lugar, en la superioridad cuantitativa de la artillería franquista; y, por último, en un cierto descuido del estado mayor hacia estas unidades. El factor que les mantenía animados fue, sobre todo, la solidaridad de grupo, el sentido del deber hacia los caídos y la defensa de la ideología antifascista.

La composición de las Brigadas quedó fijada según la orden de 8 de diciembre de 1936 y se integraron en el Ejército regular con los números XI a XV. Cada brigada estaba formada por un promedio de cuatro a seis batallones, subdivididos en cinco compañías: comando, transmisiones, zapadores, pelotón de caballería y motociclistas; una batería de artillería, un grupo anticarro s, un servicio sanitario y otros anexos como la intendencia o talleres. En la primavera de 1937 constituían una fuerza de primer orden, pero fue necesaria una reorganización, que consistió básicamente en el refuerzo de la dirección y la reforma de sus batallones completados con la incorporación de españoles voluntarios o quintos. La desconfianza gubernamental respecto a los Internacionales aumentó durante el Ministerio de Indalecio Prieto, aunque su prestigio militar se mantuvo alto hasta el ataque a La Granja en mayo de 1937, una operación militar que marcó el inicio del declive. Algunos responsables fueron retirados del mando, como Vital Gayman, llamado a París por la dirección del PCF, así como André Marty, sustituido por Maurice Lampe en julio. Poco a poco adquirirían el aspecto externo de un ejército clásico: se unificó el armamento y los combatientes recibieron el uniforme color caqui del ejército republicano con la estrella de tres puntas, el símbolo del Frente Popular.

La presión del ejército franquista sobre Madrid en octubre-noviembre de 1936 obligó a los dirigentes de Albacete a apoyar con urgencia a los milicianos s en la defensa de la capital. El 1 de noviembre la IX Brigada Móvil pasó a denominarse la XI Brigada Mixta Internacional y estaba compuesta por los batallones Edgar André (alemanes, austriacos y yugoslavos al mando de Hans Khale), Garibaldi (italianos dirigidos por Randolfo Pacciardi), Comuna de París (franco-belga en su mayoría aunque también hubo italianos, españoles, yugoslavos y rusos blancos al mando de Jules Dumont) y Dombrowski (polacos, búlgaros y balcánicos a cuya cabeza se encontraba Boleslav Ulanoski).

Largo Caballero nombró al general húngaro Emile Kléber comandante en jefe de esta brigada que entró en combate a fines de octubre. El estado mayor se instaló en la Facultad de Filosofía y Letras, desde donde se dirigían las operaciones de la Casa de Campo, el Parque del Oeste y el Puente de los Franceses. Los brigadistas defensores de la Ciudad Universitaria aportaron energía y optimismo a los republicanos, a pesar de su rudimentario equipamiento, y, sobre todo, la elevada mortandad.

La XII Brigada se hallaba en vías de constitución cuando Vital Gayman recibió la orden de enviarla a Madrid el 7 de noviembre. El jefe sería el húngaro Maté Zalka, conocido como Paul Lukacs, y la componían el batallón Garibaldi, el Thaelmann, con hombres de lengua alemana, y el último, un batallón franco-belga que adoptó el nombre de André Marty. Con motivo del ataque a Huesca y a fin de lograr una mayor eficacia, la XII Brigada se dividió en dos: una nueva XII que incluyó a españoles e italianos, y la CL (150ª) Brigada integrada por polacos, balcánicos, húngaros y españoles.

Las Brigadas XIII y XIV se formaron en diciembre de 1936. La mayoría de los voluntarios de la XIII fueron distribuidos en tres batallones: el Tchapaiev o “de las 21 nacionalidades”, el Henri Vuillemin, francés; y el Louise Michel, compuesto de franco-belgas. El mando fue adjudicado al alemán Wilhelm Zaisser conocido como «Gómez». En febrero de 1937 se desplazó hasta Málaga, y posteriormente a Sierra Nevada, Guadalajara, Extremadura y Brunete. Esta brigada fue enviada a Teruel y tuvo cuantiosas bajas, de ahí el nacimiento de la nueva XIII Brigada el 4 de agosto de 1937 con los batallones Dombrowski, Palafox y Rakosi, bajo el mando del polaco Jan Barwinski. Participó en la batalla de Belchite y Fuentes de Ebro, y como consecuencia de las numerosas pérdidas se reorganizó y recibió un nuevo batallón, el Mickiewicz.

La XIV Brigada Internacional, conocida también como La Marsellesa, comprendía cuatro batallones: Sans Nom o Des Neuf Nationalités, llamado así por reunir a hombres de toda Europa, Vaillant-Couturier, La Marsellaise y Henri Barbusse. Su jefe fue el general Walter (Karol Swierczewski). Intervino en Andalucía, en los combates de la carretera de La Coruña, en la batalla del Jarama, en La Granja y cooperó en una operación en el Puente de Toledo, donde frenó el intento rebelde de ampliar la zona ocupada. La unidad fue engrosando sus filas con el batallón Commune de París, el español Domingo Germinal, el Ralph Fox, el Henri Vuillemin procedente de la XIII, el Six Février de la XV y el Pierre Brachet de nueva creación. En El Escorial se creó la XIV Brigada bis en noviembre de 1937, y en diciembre se organizó una unidad judía llamada Naftali Botwin, una agrupación simbólica porque los judíos estaban repartidos en varios batallones.

El 31 de enero de 1937 se creó la XV Brigada Internacional. La formaban dos agrupaciones, una anglosajona, con los batallones Abraham Lincoln y el British Battalion o Radford, a cuyo frente se hallaba Tom Wintringham; y otra latinoeslava, con los Spanish, Galindo, Seis de Febrero y Dimitrov, en la que se integraron hombres de los Balcanes y Europa Central. El mando fue encomendado al húngaro Janos Galicz ‘Gal’. Participó en la batalla de Brunete, Villanueva de la Cañada, Boadilla del Monte, Belchite y Teruel. Los combates del verano de 1937 fueron extenuante s y trajeron algunos cambios. El 27 de septiembre Prieto firmó un decreto en cuyo artículo primero se especificaba que las Brigadas se creaban como unidades del Ejército de la República en sustitución de la Legión Extranjera, dotándolas, así, de legitimidad internacional. En febrero de 1938 hubo una reorganización que dio lugar a la 129 y última Brigada Internacional compuesta de restos de otras brigadas y encabezada por el polaco Wacek Komar. Figuraban en ella cinco batallones, tres de ellos mixtos de españoles y extranjeros: el Dimitrov, salido de la XV; el Thomas Masaryk de checoslovacos y el Djure Djakovic de yugoslavos.

El 21 de septiembre de 1938 el presidente Juan Negrín declaró en la Sociedad de Naciones que el gobierno republicano había decidido el retiro inmediato de todos los combatientes no españoles que luchaban al lado de la República. Paulatinamente fueron retirados de los frentes y desarmados para ser enviados a Cataluña y organizar su salida. La despedida fue muy emotiva y consistió en diversos actos multitudinarios de homenaje, como los desfiles celebrados a finales de octubre en Barcelona y Valencia. La evacuación concluiría a principios de diciembre.

Sin embargo no todos se marcharon. Algunos permanecieron en unidades del ejército republicano mientras que otros sufrieron la represión franquista y acabaron en cárceles o campos de concentración como prisioneros de guerra extranjeros. Los ex brigadistas fueron internados en el seminario de Belchite (Zaragoza), el campo de San Pedro de Cardeña (Burgos), el Batallón Disciplinario 75 de Palencia, y el campo de concentración de Miranda de Ebro (Burgos), donde permanecieron desde el verano de 1940 hasta su repatriación o liberación. Dependiendo de las nacionalidades, estuvieron recluidos en dicho campo de tres meses a un año. La justicia militar franquista les acusó del delito de ‘rebelión militar’, a tenor del cual fueron castigados con penas de muerte, posteriormente conmutadas, o penas de cárcel de 30, 20 y 12 años, aunque más tarde se redujeron. En 1945 apenas quedaban internacionales en el universo penitenciario franquista.

Al estallar la segunda guerra mundial muchos se unieron a los movimientos de resistencia y se convirtieron en cuadros de gran relevancia debido a su experiencia bélica. Cuando la guerra acabó, algunos desempeñaron cargos directivos en los gobiernos, pero otros fueron depurados y procesados, como Artur London o Laszlo Rajk. En Estados Unidos la persecución emprendida por el senador McCarthy condujo a prisión a algunos veteranos. Italia, en cambio, les trató bien: se beneficiaron de su condición de excombatientes y algunos ocuparon puestos de primer nivel en la política, como Luigi Longo o Pietro Nenni.

Esta experiencia única y pionera de ejército de voluntarios ha sido objeto de mofa, insultos y críticas infundadas. Algunos autores les han calificado como ‘chusma armada’, ‘hatajo de borrachos, homosexuales y delincuentes al servicio de Stalin’ (Rafael García Serrano), ‘lepra y azote’, ‘necios y pícaros’ (Joaquín Arrarás) y les han responsabilizado de horrores cometidos por todo el país. Adolfo Lizón Gadea habló de deserciones, fusilamientos, indisciplina y alteraciones del orden generalizados. Además, el franquismo presentó a las Brigadas Internacionales como evidencia de que la URSS había intervenido en España antes y en mayor número que las potencias nazi-fascistas.

El estudio de este fenómeno parte de la década de 1940-1950 con la publicación de memorias y autobiografías. En los años sesenta aparecieron monografías con un enfoque general como la de J. Jacques Delperrie de Bayac en Francia, Verle B. Johnston en Estados Unidos y la de Vicent Brome en Gran Bretaña. En España, la Sección de Estudios de la Guerra Civil dirigida por Ricardo de la Cierva encabezó la reacción de los historiadores oficiales editando dos títulos en los que De la Cierva potenciaba las mismas hipótesis que proponían Arrarás y Lizón Gadea en 1940. Mucho tiempo después las reforzó en Brigadas Internacionales, 1936-1939. La verdadera historia. Mentira histórica y error de Estado (1997), a pesar de que ya había acceso a fuentes que las desmontaban.

Con motivo del 60 aniversario de la guerra y la apertura de los archivos de Moscú a los investigadores, se multiplicó el número de publicaciones que darían lugar a nuevas reflexiones, como las de Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, Rémi Skoutelsky, Santiago Álvarez o los monográficos dirigidos por Manuel Requena. En los últimos años se han editado memorias de médicos y enfermeras, estudios sobre los hospitales de retaguardia y análisis de historiadores de todo el mundo sobre la participación concreta de voluntarios de las más diversas nacionalidades. Finalmente, disponemos ya de algunas investigaciones sobre su estancia en prisiones y campos de concentración y las situaciones que vivieron a la vuelta a sus lugares de origen.

A pesar de los numerosos textos y de la importante documentación primaria de época accesible en los archivos, todavía hay autores que no las han consultado y, en consecuencia, subsisten publicaciones con graves errores históricos que trasladan la versión franquista a la actualidad. De ahí que continúen sosteniendo afirmaciones infundadas relativas a su ideología monocolor, su presunta voluntad de conformar un ejército paralelo con el objetivo de implantar en España el comunismo, su motivación meramente económica, y la condición de haberse constituido en un aparato de represión, de espionaje y propagandístico. Las fuentes permiten afirmar que fue un ejército controlado por la Komintern pero no ‘exclusivo’ de la Komintern, entre otras razones porque esta organización nunca habría admitido a cientos de socialistas, anarquistas o gentes de izquierda en general, ni tampoco a los miles de voluntarios que no sabían coger un fusil.

En suma, las Brigadas constituyeron una formación militar de voluntarios extranjeros que permaneció bajo la autoridad del estado mayor del Ejército. Por su amplitud representan un fenómeno único en la historia, un movimiento internacionalista basado en el común denominador del antifascismo y la solidaridad de clase corno factor fundamental del alistamiento.


BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

Álvarez, Santiago: Historia política y militar de las Brigadas Internacionales. Testimonios y documentos. Compañía Literaria. Madrid, 1996.

Delperrie de Bayac, Jacques: Las Brigadas Internacionales. Júcar, Madrid, 1968.

Prezioso, Stéfanie, y otros (dir.): Tant pis si la lutte est cruelle. Volontaires internationaux contre Franco. Syllepse. París, 2008.

Requena, Manuel (ed.): Las Brigadas Internacionales, monográfico en Ayer, nº 56. Madrid, 2004.

Skoutelsky, Rémi: Novedad en el frente. Las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil. Temas de Hoy. Madrid, 2006.



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